MIGRACIÓN Y VEJEZ
La migración nos va a llegar
Entrevista a Lucrecia Pazos Pumariega
Por: Claudia Bernal

LUCRECIA PAZOS
Mi nombre es Lucrecia Pazos Pumariega, aunque todos me conocen por Lucrecia, en estos momentos tengo 65 años, soy nacida y criada en La Habana y aquí vivo, en el municipio Centro Habana, jubilada actualmente. Tengo 3 hijos, ninguno vive conmigo porque emigraron a Canadá. Me queda mi mamá nada más aquí en Cuba. Mi papá falleció hace doce años y mis hermanos casi todos emigraron también.
Comencemos por hablar cómo y en qué circunstancias comienza la migración de su familia y cómo ha sido ese proceso.
Que yo recuerde, nunca se había ido nadie de mi familia. Solo un hermano de mi papá, que se fue al principio de la Revolución y se desentendió de todo el mundo. Al cabo de los años nos hemos unido sus hijos y nosotros buscando por apellidos, ya mi tío falleció. De las personas más cercanas las primeras que emigran son mis hermanas, hijas de mi papá. Ellas son mellizas, la mamá vivía desde el año 80 en Estados Unidos. Por reunificación familiar una emigra en el año 92 y la otra estaba trabajando en Alemania y se va en el año 94 por la misma vía. La distancia entre ellas dos fue muy fuerte, porque nunca se habían separado. Para mí fue muy fuerte también, porque éramos medias hermanas, mi mamá se casó con mi papá cuando ellas tenían 7 años. Mi mamá era muy cercana y atenta sobre todo en la parte docente y nosotras estábamos acostumbradas a estar juntas. Le dicen mima a mi mamá. Ese término de medias hermanas no existía para nosotras.
En el año 92, mi hermana me oculta que se iba del país para que eso no me afectara en el trabajo y en mis compromisos sociales pues militaba en la UJC. Pero como la familia es mucho más fuerte que cualquier otra cosa, el día antes de su salida me avisa y nos vimos algunas horas. Recuerda que eran tiempos donde tu no sabías cuando volverías o si volverías a Cuba. Cuando llego a su casa, me la encuentro llena de personas, le pregunto ¿qué pasa aquí? Y es cuando me dice que me había ocultado que se iba por reclamación porque no quería afectarme. Yo le dije que estaba equivocada, ella es mi hermana y está por encima de todo, la familia.
Al día siguiente llegué a mi centro de trabajo y dije que ella se había ido y que si no podía seguir siendo militante lo asumía, pero que la familia estaba primero, que nadie me podía cuestionar mi relación con ella. La respuesta fue que los tiempos habían cambiado. Respondí entonces que si volvían a cambiar y salía una orden que dijera que no podíamos tener comunicación, conmigo no contaran. Esa fue la primera migración, ella y mis primeros sobrinos.
Luego de ellas dos, mi hermano sale en el año 96 con su esposa en un grupo artístico a Costa Rica y deciden quedarse. Las de mis hermanas fueron informadas, fueron tiempos difíciles, yo entendía sus razones y se las respetaba. Cuando lo de mi hermano, él no quería que mi mamá fuera al aeropuerto a despedirlo, y ella fue en la guagua. Cuando ella los vio subir por la escalerilla dijo: esta es la última vez que veo a mi hijo. Así ha sido, nunca más hemos visto a mi hermano. Hablamos con él a través de la tecnología. Nunca más ha venido. Tuvimos la oportunidad de ir a Panamá y conocer a su hija y él quería que fuéramos hasta Costa Rica, pero no teníamos el dinero para ello. Mi primo aunó recursos y con sus millas le pagó el viaje a mami y yo tuve que aplazar arreglos de la casa para poder acompañarla en su viaje. Llevaba en mi bolsillo 50 dólares nada más, que era lo que había ahorrado.
Mi hijo mayor se gradúa en el año 2003 del Conservatorio Amadeo Roldán, comenzó a estudiar en la universidad. Su papá se había ido en el 2000 a trabajar y se había quedado. Yo me enfermo del corazón y estando yo en terapia intensiva, él me pregunta - ¿Tú le darías el permiso a los muchachos para irse del país? Imagínate que situación, yo de cuidado con aparato de oxígeno y todo. Le dije yo estoy clara. Si yo cierro los ojos ahora mismo, la persona que se tiene que ocupar de sus hijos eres tú. Yo no puedo hacerle pasar a mi mamá el dolor de haber perdido a su hija y tener que cuidar de tres muchachos. Él salió llorando de terapia, porque no esperaba esa respuesta mía, mis hijos eran mis pollitos, debajo de mi saya todo el tiempo. Él comienza a hacer todas las gestiones.
Yo me recupero y en el año 2006 se presenta la reunificación familiar. Se va uno de los gemelos y el mayor con un mes de diferencia. El otro hijo se va en el año 2007 porque no había querido hacerse los papeles porque no quería dejarnos. Realmente ninguno quería dejarnos. Pero los senté y les dije que yo estaba enferma, puedo durar muchos años o no. Su abuela no puede asumir esa responsabilidad. Les dije que ellos tenían una posibilidad. Había aumentado mucho la delincuencia, yo veía que los muchachos se metían en líos para tener dinero y yo no quería eso para mis hijos. No quería malos pasos, es muy difícil. Una cosa es tener a los hijos en la urna de cristal, pero cuando te dan con una piedra a la urna ya todo se riega. Es muy difícil, yo llevo 18 años que duermo con el corazón una parte aquí y otra parte en Canadá. Es bien difícil, pero prefiero la distancia. Estuvieron con su papá y ya son adultos con sus familias.
Desde que su familia emigró, ¿cómo ha cambiado su vida?
Dios y la vida nos dieron la oportunidad del reencuentro. Uno de los jimaguas encontró un trabajo en el aeropuerto y el descanso en vez de hacerlo en su casa en Toronto lo hacía aquí. Tenía el derecho como empleado de la aerolínea de traer un acompañante. Entonces se alternaban los hermanos. Así fue como nos vimos hasta el 2013 que fue la primera vez que estuvimos en Canadá. No nos querían dejar, pero ya habían encaminado sus vidas allá. Pudieron estudiar y trabajar, hacer sus vidas.
La ausencia de los seres queridos la hemos sentido en las sillas de la mesa. Lo hemos vivido. La mesa es de 8 sillas y nada más usamos dos. La casa que siempre estaba llena de muchachos se quedó vacía. Ahora hay escritos que hablan de eso. Nosotras lo experimentamos. Cuando fuimos en el 2013, los ayudábamos en la organización de la casa. Salíamos solas caminando y en transporte público a conocer lugares, la pasamos muy bien.
Cuando regresamos acá mami me dijo: Estoy tranquila porque los muchachos están bien.
Me comentabas que emigrar significaría una carga para ellos que no pudieran asumir, aunque tienen la vía de optar por quedarse. ¿Qué desafíos enfrentan al quedarse en Cuba a una edad más avanzada?
Mira, la primera vulnerabilidad es la sentimental, porque a pesar de que tenemos buenos vecinos que nos ayudan, que tengo mis amigas que se ocupan, al final cerramos la puerta por la noche y estamos solas las dos. Y yo todas las noches le digo a mami, tenemos que cuidarnos, no nos puede pasar nada. Porque en el contexto actual, yo no tengo ni un carro para llegar a un hospital que es lo más que se puede necesitar, ni hay un medio de transporte ni funciona nada a nuestro alcance. Antes podías utilizar la aplicación de transporte , pero ahora ni la Nave porque es carísima, ya superó lo que podía pagar.
Entonces el primer desafío es el problema sentimental de que no los tengo a ellos y que cuando llegamos al hospital a veces ella me dice, espera a ver qué dice el médico, no los llames todavía. Hicimos un compromiso, mis hijos y nosotros: no se miente del lado de acá, ni se miente del lado de allá. Lo que pase allá yo lo tengo que saber, lo que pase aquí, ustedes lo tienen que saber, para tomar las decisiones que haya que tomar. Bueno, malo, las alegrías y las tristezas todas se comparten.
Cuando me enfermé y me empecé a complicar, una amiga mía me dijo, sin contar contigo, ya le avisé a tus hijos. Y uno de ellos, el que más posibilidades tenía en ese momento, vino para Cuba. Una semana, pero él vino a hablar con el médico a saber qué era lo que pasaba y qué era lo que podía pasar.
Si todos decimos nos vamos y se quedan estos viejos solos aquí
Yo tuve oportunidad por el trabajo de ir a muchos países. Siempre que estaba en el exterior, a los quince días, loca por regresar para acá. Claro, tenía mis hijos chiquitos. Era algo que me ponía muy mal. Ver las cosas que a ellos les podían gustar y saber que no las podía llevar. Gastaba dinero en llamar para saber de ellos, escucharlos. Y siempre quería regresar a Cuba.
Posibilidades de emigrar he tenido muchas. Pero si me hubiera ido ¿quién hubiera cuidado a mi padre, quien hubiera cerrado sus ojos? Si todos decimos nos vamos y se quedan estos viejos solos aquí, ¿un vecino, alguien que no es de la familia va a cuidar de ellos? No es que toque, es que es parte de uno que no se puede dejar.
Mi mamá la migración la ha cogido muy bien. Y ella me dice, si yo tuviera un lugar donde vivir contigo, que no fuéramos carga para los muchachos, que tuviéramos una pensión, va y a lo mejor y pensábamos quedarnos más tiempo. No quedarse definitivo, pero más tiempo. Inclusive ahora hemos dicho, si pudiéramos obtener una residencia que tiene algunos derechos, te ampara algunas cosas, la seguridad médica y esas cosas. Pudiéramos estar más tiempo en Canadá, pero no quedarnos. En esta casa nací, aquí he vivido toda la vida. Definitivamente, no.
No está en mi... Mami me dice, tú tienes que estar preparada porque a ti sí te va a tocar emigrar. Porque cuando ya tú te quedes sola aquí...
¿Cómo sería ese proceso de dejar atrás todo y empezar desde cero, prepararse para eso?
Yo pienso que una de las estrategias que hacen los muchachos ahora es para que yo me vaya acostumbrando. Yo estoy más tiempo allá, nosotras tenemos una habitación en casa de mis hijos. Nosotras tenemos el cuarto, los espacios nuestros. Y yo pienso que eso es un ejercicio que están haciendo ellos para que no sea tan fuerte para mí cuando ellos me digan, mami, ya no puedes estar sola en Cuba. Tienes que venir para acá. Ahora, conversando contigo, lo reflexiono y digo, ¿eso es lo que están haciendo?
Antes íbamos quince días, después fue por un mes y en el último tiempo pasamos hasta tres meses. Llegamos a estar nueve meses en Canadá. Porque por la COVID estuvimos seis meses. Nos pasamos de tiempo, tuvimos que regresar. Después necesitaban ellos que nosotros regresáramos por cosas de trabajo. Porque lo que vamos a hacer es apoyarlos a ellos en la escuela, en las actividades, sobre todo porque trabajan.
Mi hijo mayor, el que es músico, es prácticamente el último que ha tenido hijos. ¿Con los niños en las vacaciones que hacían? Los traían a Cuba. Conocían Cuba los muchachos, los dos meses de vacaciones y les daban la posibilidad de los padres de trabajar a full time, como ellos dicen, sin la preocupación de quién cuida a los niños. Estaban aquí en Cuba, conocían Cuba, estaban con las dos abuelas, iban a la playa conmigo, aprendieron a nadar aquí en Cuba. Mis nietos son nacidos en Canadá. Uno de ellos nos dio la experiencia de que había que enseñar el español a los otros, porque la programación de la televisión no la entendían, me decía, abuela, yo no entiendo, no puedo leer el subtitulaje, porque yo no sé español. Entonces, fueron experiencias de abuelas con nietos. Con ellos nos obligamos a hablar español y ellos, a veces cuando hablamos en inglés me dicen, abuela, tú estás loca.
¿Cómo ha construido una red de apoyo social para sortear las dificultades de no tener redes familiares en Cuba?
Cuando muere mi primo, el médico, fue algo muy abrupto. Estaban los muchachos, pero bueno, cada cual, en la música, en las escuelas. Realmente fue un golpe muy fuerte, algo muy impactante. No lo esperábamos. Y mi mamá se sentó en un sillón a mecerse. Hasta una aneurisma me dijo un día que podía tener. Fui al médico, dicen que puede ser que tenga un aneurisma. Le dije: -mira, no tenemos la persona que velaba por nosotros desde el punto de vista médico. Se nos fue. -Fueron mis palabras. -Por tanto, nosotros tenemos que sobreponernos a eso y confiar en lo que digan otros médicos, que son tan buenos como él.
Hicimos toda la investigación, no había tal aneurisma, felizmente, pero tú no te puedes quedar en la casa dándote sillón. Y aparece la Universidad del Adulto Mayor y fuimos. Ahí estaba el padre de una de mis amigas que había empezado, para él fue una cosa novedosa, nunca había visto una computadora ni un teclado. Yo tenía computadora aquí en la casa y él vino aquí casi con noventa años a que yo lo dejara tocar el teclado de la computadora.
Él me decía, -se parece al de la máquina de escribir-. Pero es distinto porque hay una pantalla delante y con el mouse se hace esto, así fue aprendiendo. Además, pedagogo, igual que mi mamá, eran personas con un nivel, con una formación. Mami fue a la graduación de él en el aula magna y de ahí se matricula en la Universidad del Adulto Mayor de Centro Habana. Empieza en la universidad y acto seguido la nombran la secretaria de la cátedra, era la que llevaba todo el papeleo. La que fungía como presidenta, que era una persona de edad avanzada, le dice que se quede de presidenta. Fue durante 18 años la coordinadora de aquí del municipio, 7 aulas en todo el Consejo. Yo me convertí en su secretaria y en algunas cosas la apoyaba.
En una de esas actividades, yendo a la Peña, es que encuentro el Proyecto Otoño del Centro Loyola y digo, aquí hay cosas que a mí me interesan. Porque yo realmente cuando me jubilé dije, mami, yo estoy aquí para ti, hacer las cosas de la casa. Pero yo no quiero, yo me he negado a trabajar, a recontratarme. No quiero tener obligaciones que no sean estas, que no son obligaciones, son cosas que hago por mí. Y entonces busqué los cursos con Paquita y con Sonia, personas maravillosas de este proyecto y era algo que me agradaba, además, me siento realizada cuando termino un muñeco y se lo regalo a alguien y le veo la sonrisa a la gente. Entonces, eso me satisface muchísimo. Que pueda leer y hacer el tejido.
La profesora Sonia se maravilla porque hay cosas que me manda por el WhatsApp y yo las hago. Y cuando le tiro la foto y se la mando, me dice: pero Lucrecia, descansa, te veo con ansiedad. Y yo le digo, no, profe, no es ansiedad. Y gracias a manualidades con la instructora Diana el fin de año pude regalarle a cada una de mis amigas. Era una tontería, pero una tontería que cada cual disfrutó. Que todavía hay una que el otro día fui a su casa y le dije, hace rato se acabó la Navidad, quita eso. Dice, ay, pero es que nos ha gustado tanto. Era un Santa Claus que lo dejó enganchado en la casa.
Hice unos Santa, el primer Santa lo hice en fieltro, pero después el otro lo aprendí a hacer tejido. Y le hice Santas a todo el mundo, guantes a todo el mundo. Y mis nietos se acaban de llevar sus guantes y sus botas, que no llegó a tiempo para esta Navidad, pero que ya lo tienen para la otra. Entonces, le hice una bufanda al otro, el que hace la comunión en mayo, la semana que viene. Porque en Canadá siempre hay frío.
El proyecto Otoño económicamente todavía no me ha dado nada. Pero es que yo no lo hago por eso. Si se da, perfecto. Pero lo que me da es un conocimiento que adquirí a esta edad, que ya uno tiene que hacer otras actividades. Me da satisfacción. Hoy veía y compartía una caricatura que decía, las abuelitas de antes tejían y las de ahora están con el celular. Yo tengo un WhatsApp con mis amigas, donde nos comunicamos todos los días. Cuando puse eso, di los buenos días y digo, miren esto, porque me voy para la clase de tejidos. Me dicen, bueno, tú eres una abuelita de las de antes y de las de ahora, porque tienes el celular.
Sé que la migración nos va a llegar, por lo menos a mí me va a llegar, o en el momento que no podamos las dos valernos por nosotras mismas, porque yo sé que no nos van a dejar. Si ahora mismo yo digo, Santovenia o un asilo de estos, yo sé que mis hijos no nos van a dejar. Si vamos para allá nos dicen que no pensemos que vamos a ir para un , estaremos en la casa con ellos.
Según lo que dices, siento que la casa de ellos la sientes como un hogar también, ¿Cómo sería el pasar tus últimos años con tus nietos y tus hijos en un lugar que no fuera este, que es tu hogar de toda la vida?
Para mí es fuerte, no te lo voy a negar. Yo disfruto estar en Canadá porque me gusta el invierno. Me gusta ver las primeras nevadas, es como una fiesta. Me gusta ver la primavera. Los tulipanes como están. Pero el problema del respaldo económico es algo que me golpea mucho porque sé cómo se vive allá. Todo es caro. Y realmente, para yo disfrutar el estar en Canadá, tendría que tener un respaldo económico, que mis medicinas tuvieran un sustento para que ellos la pudieran cubrir. No que ellos tengan que trabajar más para cubrir mis medicinas. Si lo tienen que hacer, lo hacen. Pero yo quisiera aportar en eso. Y eso me frena mucho.
Ahora mismo nosotros llegamos y ellos tratan que tengamos todas las cosas que saben que nos gustan para que nosotros las disfrutemos y nos sintamos bien. Eso es satisfacción. Pero uno se da cuenta que también son gastos que ellos tienen que... No sé, será la forma de pensar de uno. Yo no me veo bien. La gente te dice, bueno, si ustedes se sacrificaron por ellos, ahora les toca a ellos. Sí, yo lo sé.
Interviene Albertina (madre de Lucrecia):
Yo sé que no nos va a faltar nada porque, bueno, miren, lo han demostrado. Además, yo le dije al mayor:
-Lo único que quiero que me mandes es la leche. No te preocupes de otra cosa. No por el problema de la leche, sino porque yo me tomo siete pastillas diarias. Eso me acaba con el estómago. La gastritis es de eso. Entonces, mira, las demás cosas más o menos yo las suplo como puedo. Pero ese problema del estómago acaba conmigo. Y fue lo único que yo le dije así cuando vine este último viaje. Ellos siempre están al pendiente, pero no nos gusta pedirles ni sobrecargarlos de nada.
¿Cuáles consideran que son las grandes diferencias entre su vida como persona mayor en Cuba y en Canadá, por ejemplo?
Las diferencias son muchas, muchísimas. Lo primero es lo que hablábamos en el diplomado[1]. Cuba, como Estado, pudo tener muchas intenciones, pero no se preparó para el envejecimiento. Mi mamá estando en la Catedra del adulto mayor recuerda que anunciaron que para el 2014 iba a estar funcionando la fábrica de pañales desechables para niños y adultos mayores. Empezó en el 2019. Cinco años después, no suplen la demanda. Son carísimos. No me resuelven el problema, porque que los haya en MLC para mí no cuenta. Lo mismo sucede con las medicinas. Viene el Enalapril, pero no la otra que te hace falta. No puedes llevar bien el tratamiento. No hay seguridad ni con el tarjetón.
Cuando ustedes ponen en una balanza, por ejemplo, esas inseguridades que enfrentan, esos retos que enfrentan envejeciendo acá en Cuba, con respecto a las posibilidades que pudieran tener en Canadá, viviendo con sus hijos a pesar de que serían una carga para ellos, imagino que debe ser un conflicto interno muy grande.
A ver, es un conflicto interno muy grande. Porque, por ejemplo, a mami se le terminó el Enalapril estando en Canadá. Pero Canadá estamos con visado de turistas. Al médico de la familia le era difícil emitir una receta que dijera que necesita el medicamento. En México lo venden por la libre, pero Canadá tiene mucho control. Entonces hubo que hablar con la doctora, que ya nos conoce, sabe que nosotros somos la madre y la abuela que estamos de visita y bajo esas consideraciones emitió la receta de las treinta tabletas. Y es que en Canadá la medicina es lo que tú necesites. Entonces, desde ese punto de vista, tengo una seguridad enorme. Porque los medicamentos siempre están. Los alimentos siempre están. Lo que necesites.
A veces aquí en Cuba he tenido el dinero y no he encontrado las cosas. Los adultos mayores allá en Canadá tienen rebajas. Ah, esa es la otra cosa. Lo mismo tienen rebajas para ir a un teatro, que para entrar a un restaurante, para subirte en una guagua. Las condiciones del transporte es otra cosa. Cuando nosotros vamos a montarnos en una guagua, yo veo que aquel hombre empieza a bajar la guagua, a ponerla, a bajar el escalón a ras para que mami pueda entrar, yo me quedo así, boquiabierta. Aquí la guagua se para en el medio de la calle y Albertina tiene que dar un triple salto. El problema de la cadera fue por eso. En Canadá el frio nos limita un poco. No da miedo a caernos porque el hielo resbala, entonces nos limita la movilidad, pero ellos nos cuidan muchísimo.
Cuando pones todo en la balanza dices, mejor quedarse allá. Pero vuelve la contradicción y dices para Cuba. Con todos los problemas, para Cuba. Desde el punto de vista médico, yo como ciudadana de este país, no me puedo quejar. Yo he tenido suerte. Porque nos han pasado cosas, pero hemos tenido atención a tiempo. Pero sí me doy cuenta en el contexto que estamos, que el país no está preparado para el envejecimiento, para nada. Lo que uno llama la protección al anciano, no está. Mi mamá no tiene por qué ir a hacer una cola en la farmacia cuando hemos pedido mil veces que nos pongan un mensajero. A nivel de municipio no hay una mensajería. Para algo tan sencillo como eso, una persona que vaya a hacer los mandados de nosotros, nunca lo logré. Entonces, hay que sacrificarse despacito, descansando en cada esquina. Hay que ir hasta allí a buscar los tres alimentos que te van a vender. Es todo un desastre.
Albertina: Y déjame decirte que, dentro del adulto mayor, porque dentro de los dieciocho años que estuve, como tuve que participar en las reuniones a nivel de provincia, mira, se ha planteado lo del transporte; los ómnibus no paran, los semáforos que cambian muy rápido, a las personas mayores no les da tiempo en intersecciones peligrosas a cruzar. Todo quedaba en: “lo vamos a elevar”. Y ya. Entonces, no es que no se haya hablado, que no se conozca, como digo yo. Y yo decía, hay cosas que sí son bonitas en la teoría, pero en la práctica aquí en Cuba por lo menos no están.
Lucrecia: En Canadá hasta los teatros tienen adaptadas las primeras filas para los sillones de ruedas. Hay ómnibus especiales que ahora tú llamas y dices para ir al concierto y te vienen a buscar. Y en el diplomado veíamos también servicios de taxi, que son puerta a puerta, que ayudan a la persona a recoger sus cosas. A futuro es duro, porque aquí no se ha pensado realmente... No hay conciencia.
Albertina: Yo trabajé dos censos aquí, el del 2002 y después el del 12. El del 70, el 81 y el de 2002. Los tres censos. Y siempre se ha sabido la cantidad de adultos mayores que había. Nos cogió tarde porque no le dimos la prioridad.
Lucrecia: Hace años se viene hablando del envejecimiento, yo hice mi tesis en el año 82 de variables demográficas y hablé en ella de ese tema. Era parte de un capítulo de un investigador titular de la Academia de Ciencias. La pregunta es qué pasó que nos cogió tarde en esto.
¿Qué consejos o palabras de aliento tienes para otras personas mayores que se encuentren en situación similar?
A la vejez hay que llegar con actitud. No es llegar diciendo estoy vieja o lamentándose. No se puede llegar con miedo. Mami siempre me decía desde que comenzó en la Cátedra del Adulto mayor: se envejece desde que estás en la célula que te formaste. La vejez es una etapa y si llegas y te preparaste, tienes una vejez saludable. Hay cosas de mis enfermedades que tengo ahora que fueron porque no me cuidé, porque el cargar con una jaba llena de viandas, el yogurt, que me creía que era un pulpo y no lo era, ahora es que me lo siento. Los problemas en la columna se deben a las veces que me monté en las guaguas con los niños cargados más la cartera, sin tener de donde aguantarme, los frenazos. Tirarme de los camiones en el campo. No teníamos conciencia y nos íbamos de jovencitas a coger sol en la playa, a tostarnos. Cuando yo empecé a usar gorra, espejuelos y crema ya era tarde. Mis nietos desde bebé usan espejuelos para protegerse del sol. Hay que prepararse porque todo sale a futuro. Hay que hacer 15 minutos, aunque sea, de ejercicios, no se pierde nada. A veces ese tiempo lo usamos en el celular. Hay que buscar el tiempo para con la pareja hablar de cosas diferentes a las de la rutina. Porque si no se va matando todo. Hay que seguir echando agua a la matica.
En cuanto a la emigración una de las cosas que siempre digo es cuando se vaya a emigrar, se emigra desde joven o sin llegar a la adultez. Porque los cambios afectan, te tienes que insertar en un lugar donde puede estar la barrera del idioma, que aun tengas actitud para trabajar, para relacionarte. Si llegas ya en la vejez, te sientes fuera de contexto, si hablan otro idioma para aprenderlo cuesta más, te cuesta trabajo adaptarte, pero lo puedes lograr. Algunos no tienen nuestra misma realidad y sus familias los sacan del país para luego tenerlos en un home o encerrados en la casa sin salir. Si vas a emigrar ya mayor habla con tu familia y aclara desde un principio cuáles son los términos para hacerlo. Tus preocupaciones, miedos, lo que puedes hacer y lo que no.
A la vejez hay que llegar con fuerza aun para disfrutar. Para vivir la abuelidad, correr con un nieto, nadar, jugar a los escondidos. La naturaleza es sabia, la jubilación es necesaria, no es jubilarte de la vida, es parar de trabajar y dedicar el tiempo para ti, para la familia.
[1] Se refiere al Diplomado en Envejecimiento, cuidados y derechos impartido por Cuido60, que cursó la entrevistada en el 2024.
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