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MIGRACIÓN Y VEJEZ
Un pedazo de tierra rodeada de mar 
Entrevista a Guillermo de la Torre
Por: Teresa Díaz Canals
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UN PEDAZO DE TIERRA RODEADA DE MAR

Tierra firme llamaban los antiguos a todo lo que no fuera isla. La isla es, pues, lo menos tierra de la tierra.

Dulce María Loynaz La criatura de Isla paréceme, no sé por qué...

 

Conversé con un cubano de 60 años que vive desde hace 20 en Guatemala. Celebro que esta persona, al igual que millones de cubanos, defiendan su libertad. La expresión suprema de los propósitos de cualquier régimen totalitario ha sido siempre - en cualquier país donde se haya manifestado - la aniquilación del yo individual, y la sumisión a un poder superior. En este sentido, Guillermo es un ejemplo de dicha defensa y en su caso, no lo lograron. Sin embargo, hay algo que llamó mi atención. Esas interrogantes fueron respondidas por alguien que no se llama así, eligió otro nombre y no fue por imitar a Fernando Pessoa, el gran representante de los seudónimos en la literatura, no. Siento que, aunque él se considera libre, todavía no lo es totalmente. Ninguno de los nacidos en Cuba lo somos hasta que no desaparezca de manera completa un sistema capaz de inocular ese sentimiento de miedo, de temor, de extrañeza, de soledad en sus ciudadanos.

¿Qué lo motivó a salir de Cuba de manera definitiva?

Existieron en mi caso dos motivaciones fundamentales. La primera tuvo que ver con la necesidad hacer algo importante con mi vida, algo que siempre tuve presente desde que era muy adolescente. Eso no surgió en un momento específico por tal o cual situación económica difícil del país, y quiero recalcarlo: siempre me quise ir. En mi edificio vivían dos marineros mercantes, escuchaba los cuentos de los países que visitaban y las “pacotillas” que traían. Tener esos vecinos marineros fue una suerte de “internet oral” del resto del mundo que no se veía ni en la televisión ni en las publicaciones oficiales. Además, esta motivación fue alimentándose desde que era niño cuando veía las películas que ponían en la televisión, increíblemente del extinto campo socialista, donde los niños iban en bicicleta con mochilas bonitas a una escuela que tenía de todo, con ropa bonita y nueva, asistían a hermosos campamentos de verano o salían a cualquier parte de vacaciones con sus padres y pensaba, aun sin conocer el significado de “libertad”, que esos niños eran libres de hacer lo que quisieran. Algo de esas películas me golpeaba en mi realidad cuando veía a algunos niños de mi aula con aquellas mismas mochilas llenas de útiles escolares que yo no podía tener; eran los hijos de dirigentes o padres que por determinada posición política podían viajar.  Desde ese entonces sentía los deseos de vivir igual que los niños de aquellas películas.

 

   En la medida que crecí fui construyendo el concepto de libertad. Entonces llegó el deseo de querer tener la opción de elegir entre varios partidos políticos por quién votar y de no hacerlo por uno solo, eso no es elegir y menos aún, cuando te obligan a hacerlo. Quería decir lo que pensaba y sin temor a que me castigaran por eso, quería viajar con la misma libertad con que lo hace cualquier ciudadano de este planeta y dejar de mover mis labios en silencio mientras simulaba que repetía una consigna (en la que no creía) por el miedo infundado a que no me dejarían estudiar en la universidad si no la decía.  A eso se le puede sumar el hartazgo de un sistema socioeconómico que, las pocas veces que da un paso adelante le suceden tres hacia atrás cada vez más decadentes. Como si uno habitara en el mito de Sísifo.

 

   Por todo eso que he contado, nunca experimenté algún sentimiento ni por un mártir, ni por los símbolos patrios, ni por artista ni deportista reconocido con un premio internacional. En fin, que la Isla siempre la he sentido como un pedazo de tierra rodeada por el mar como una única frontera que solo ofrece dos opciones extremas si quieres traspasarla: ahogarte en el intento o llegar de ilegal a buen puerto. Esa imagen siempre me ha remitido a estar viviendo en Alcatraz.

 

   La otra motivación tuvo que ver con que a pesar de tener un trabajo que me gustaba mucho y disfrutaba, llegó un momento en que vi que profesionalmente no había posibilidades de crecer y sentía que iba a envejecer haciendo el mismo trabajo toda la vida.

 

¿Cómo fueron o son sus relaciones con los familiares que quedaron en Cuba?

Con mi familia se siguen manteniendo las mejores relaciones de respeto y cariño, aunque con algún que otro familiar ha gravitado el eterno pensamiento de quienes viven en la Isla, de que uno tiene la obligación de resolverle sus problemas económicos. Pero seguimos manteniendo la misma comunicación familiar de siempre.

Cuéntenos sobre su vida en esos primeros años en Guatemala.

Realmente desde que llegué a este país con 40 años he sido afortunado, excepto en los primeros días que tuve que vender una rifa en la puerta de un supermercado. Solo vendí tres tickets durante un fin de semana y decidí no continuar haciéndolo, ya que igual tenía un trabajo fijo y eso lo hice con la idea de tener una entrada extra. Además, en los primeros dos años estuve impartiendo clases de salsa. Independientemente de esos dos casos, desde que llegué siempre he realizado trabajos relacionados con mi perfil profesional. He impartido docencia en centros y escuelas de arte, universidades, colegios, además de actuar y dirigir teatro. Como docente he impartido actuación; voz y dicción para actores; actuación para el canto y la danza: comunicación y lenguaje; Historia del arte; técnicas de estudio; técnicas de investigación; proyección escénica. Además, he realizado consultorías para instituciones importantes sobre diferentes temas y también he editado un libro y documentos de diversa índole.

¿Qué aportó a tu vida el hecho de emigrar? ¿Cuáles son tus objetivos actuales, las perspectivas que tienes para los próximos años?

El hecho de emigrar me ha aportado la posibilidad de ser libre como individuo y desarrollarme profesionalmente. Ir a donde quiera, poder decir lo que pienso, comprar y comer lo que se me antoje. Ha sido como liberarme del ciclo de Sísifo y saber que hay muchas fronteras que se pueden cruzar sin miedo. Saber también que el capitalismo no es tan malo como me lo pintaban y que el mundo es muy grande y es posible disfrutarlo.

 

   Si de futuro se trata, tengo el empeño de seguir siendo libre por encima de todas las cosas. Quiero continuar creciendo profesionalmente y hacer que mi vida sea cada vez más plena en el sentido más amplio de lo que es la plenitud.

Foto: Cortesía

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