
9 de septiembre de 2026
NOTA DE PRENSA N° 40
“¿Dónde será la fiesta?”: el regreso a clases en Cuba y una crisis de cuidados intergeneracional que no puede seguir ignorándose
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Agosto de 2026
El pasado 1 de septiembre, cerca de 1,4 millones de niños, niñas y adolescentes cubanos iniciaron el curso escolar 2026-2027. La ministra de Educación calificó el comienzo del nuevo período lectivo como “una fiesta”. Desde las redes sociales, madres cubanas respondieron con una pregunta que resume el contraste entre el discurso oficial y la realidad cotidiana: “¿Para quién?”
Mientras el discurso oficial insiste en presentar el inicio del curso como un “reto vencido”, los testimonios publicados en Facebook describen una realidad muy diferente: aulas que parecen “de un país en guerra”; niños que llevan más de un mes durmiendo en el suelo y sin agua corriente; madres que se plantean no enviar a sus hijos a la escuela porque no tienen qué darles de desayunar; y abuelas que sostienen, solas y agotadas, buena parte del cuidado de una generación entera.
Desde el Observatorio de Cuidados y Derechos CUIDO60, consideramos que este regreso a clases no puede analizarse únicamente como un problema educativo. Es también una crisis de cuidados, cuya carga recae de manera desproporcionada sobre las mujeres y, en particular, sobre las mujeres mayores, que sostienen silenciosamente a la infancia y a otros miembros de sus familias en un contexto de crisis energética, económica y migratoria.
El telón de fondo: apagones prolongados y déficit docente
La crisis energética recrudecida desde principios de 2026 ha alcanzado niveles especialmente graves. El pasado 27 de agosto, por ejemplo, el sistema eléctrico dejaba sin servicio al 65 % de la isla, mientras durante ese mes se registraron apagones que en algunas zonas superaron las 30 horas consecutivas. En La Habana, los cortes han rondado las 20 horas diarias o más, mientras que en Matanzas han llegado a alcanzar las 90 horas continuas.
A esta situación se suma un déficit docente estructural. Al menos 24.000 plazas de maestros permanecen sin cubrir en todo el país, equivalentes al 12,5 % del total. Solo en Camagüey, el curso comenzó con casi 3.000 vacantes para atender a más de 95.000 estudiantes en 690 escuelas.
Ante la magnitud de la crisis, el Ministerio de Educación reconoció condiciones “excepcionales” y anunció medidas de emergencia: reducción de horas lectivas, flexibilización del uso del uniforme —cuya producción apenas cubriría al 20 % del alumnado— y la posibilidad de que un mismo profesor atienda varias instituciones. Las universidades, por su parte, comenzarían con esquemas híbridos o semipresenciales en función de la disponibilidad energética de cada territorio.
No es la primera vez que la crisis energética afecta al sistema educativo. En mayo de 2026, el Gobierno adelantó el cierre del curso 2025-2026 por falta de combustible y suspendió los exámenes de ingreso universitario, que fueron sustituidos por un sistema de asignación basado en el índice académico del preuniversitario.
“¿Ustedes creen que después de más de 30 horas sin corriente se puede rendir en una clase?”
La activista cubana Thais Mailén Franco Benítez lanzó esta pregunta en Facebook pocos días antes del inicio del curso, poniendo palabras a una preocupación compartida por numerosas familias.
En su publicación enumeró las carencias que dificultan un regreso normal a las aulas: “No hay corriente, no hay agua, no hay comida, no hay salud”. También señaló que docentes y estudiantes “tienen que enfrentar una realidad cada vez más difícil, donde estudiar, enseñar y hasta llegar a la escuela se convierte en un desafío diario”.
Publicación original de Thais Franco Benítez
Verónica C. Barrios explicó que su hija asiste a clases únicamente porque su zona está conectada al circuito eléctrico de un hospital. Su testimonio refleja hasta qué punto las condiciones materiales del hogar terminan determinando la asistencia escolar:
“¿Ustedes creen que después de más de 30 horas sin corriente se puede rendir en una clase?”
Y añade:
“Cuando no hay corriente: no va. Cuando no hay agua: no va. Cuando no tengo nada que darle para desayunar: no va. Cuando no tengo nada para darle de merendar, o dinero para que se compre merienda: no va”.
Yunia Ávila, madre de un estudiante de secundaria, describió igualmente las condiciones de su hijo: “Lleva más de un mes durmiendo en el piso sin agua apenas y va porque él quiere, porque de mi parte no va”.
Rina Gutiérrez resumió el impacto de estas carencias sobre el proceso educativo:
“En estas condiciones ni un niño aprende ni un maestro puede estar en condiciones de impartir una clase. Hambre, calor, sin contar con ningún tipo de comodidades… no creo que pueda ser posible”.
Tony Cabrera, por su parte, apuntó hacia una posible respuesta colectiva de familias y docentes: “La solución está en manos de los padres de los alumnos y de los profesores: unirse y decir que en estas condiciones es difícil el aprendizaje e impartir conocimientos”.
“Pareciera una escuela de un país en guerra”: la denuncia de una madre
La madre Anay de la Caridad Naranjo Gari denunció en Facebook las condiciones del preuniversitario donde estudiará su hija. Aunque la menor había conseguido acceder al centro deseado, la madre quedó impactada al acudir a formalizar la matrícula.
“Yo quedé loca cuando fui a la matrícula y vi las condiciones. Pareciera una escuela de un país en guerra”.
Las fotografías compartidas muestran un aula con paredes deterioradas, humedad y mobiliario envejecido, además de baños visiblemente dañados.
A estas condiciones se suma la falta de uniformes escolares:
“Fui a buscar el uniforme y no tendrán. Están vendiendo los que quedaron del año pasado solo a preescolar, quinto y séptimo”.
La madre contrastó esta realidad con el discurso oficial sobre el comienzo del curso:
“Ayer veo que según la ministra de Educación el comienzo del curso escolar será una fiesta. Y yo me pregunto: ¿para quién?”
También recordó que numerosas familias enfrentan simultáneamente carencias de agua, electricidad, alimentos, medicamentos y transporte, y concluyó dirigiéndose directamente a las autoridades:
“Ministerio de Educación, explíquenos, porque las madres cubanas no entendemos nada”.
Publicación original de Anay Naranjo Gari
“Menos de una hora de luz”: cuando preparar a un niño para la escuela se vuelve una batalla diaria
Otro de los testimonios publicados en redes sociales describe el agotamiento provocado por los apagones y su impacto directo en las tareas básicas de cuidado:
“Ya no sé cuántas veces más voy a gritar. Menos de una hora de luz. Yo quiero que me digan qué hace uno en menos de una hora de luz: no se lava, no se cocina, no se plancha, no se coge agua…”.
Sobre el regreso a clases, la madre cuestiona las condiciones en las que sus hijos deben acudir a la escuela:
“Nadie quiere que sus hijos falten a la escuela, nadie quiere que se vuelvan analfabetos. Pero ahora me pregunto: ¿con qué condiciones se van a mandar a la escuela?”
La lista continúa: sin agua, electricidad, gas, comida, merienda, desayuno, mochilas o zapatos.
Y concluye con una decisión que evidencia la magnitud de la disyuntiva a la que se enfrentan algunas familias:
“El día que yo pueda mandar a mi hijo a la escuela, irá”.
“¿Alguna otra mami anda preocupada?”: la angustia de las madres
Otra madre expresó en redes sociales la ansiedad ante el comienzo del curso:
“Llevo días pensando en septiembre… ¿Cómo vamos a hacer?”
Sus preguntas reflejan dificultades que difícilmente aparecen en las estadísticas educativas: cómo garantizar que los niños duerman adecuadamente para asistir a clases y asimilar conocimientos; cómo conservar y cocinar los alimentos durante los apagones; con qué agua lavar los uniformes; y cómo asumir el costo de útiles escolares, zapatos, uniformes, meriendas y alimentación cuando los ingresos familiares apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas.
Su mensaje termina con una expresión de agotamiento y solidaridad hacia otras madres:
“No están solas, somos todas a la vez, sufriendo”.
Detrás de cada madre: las mujeres mayores que sostienen los cuidados
Detrás de muchos de estos testimonios, existe otra realidad que permanece menos visible: el papel de las abuelas.
En un país marcado por una fuerte migración, muchas mujeres mayores asumen el cuidado cotidiano de sus nietos, mientras sus hijas e hijos se encuentran fuera del país.
Una abuela habanera relató:
“Mis nietos están conmigo desde que mi hija se fue. Yo tengo 68 años, tengo que levantarme a las 5 de la mañana a recoger agua para que ellos puedan asearse e ir a la escuela. Ellos no tienen la culpa de nada. Yo ya viví mi vida, pero ellos… ¿qué futuro les espera?”
Para muchas mujeres mayores, las dificultades de la vida cotidiana se multiplican cuando tienen a su cargo a niños y adolescentes. Sin electricidad resulta más difícil cocinar; sin agua, mantener la higiene y lavar los uniformes; sin transporte, garantizar los desplazamientos; y sin medicamentos, incluso mantener su propia salud mientras continúan cuidando a otros.
Son ellas quienes preparan meriendas, acompañan a sus nietos al médico, madrugan para conseguir agua y hacen todo lo posible para que los niños puedan continuar asistiendo a la escuela.
Sin embargo, este trabajo de cuidados permanece en gran medida invisibilizado y sin reconocimiento.
Maestros jubilados que regresan a las aulas: la otra cara del déficit docente
La crisis también está obligando a numerosos maestros jubilados a regresar a las aulas.
El déficit docente es estructural: al menos 24.000 plazas permanecen sin cubrir en todo el país. Frente a este vacío, el sistema educativo recurre cada vez más a profesionales jubilados que vuelven a ejercer, movidos por su vocación y, en algunos casos, también por la necesidad económica derivada del deterioro del poder adquisitivo.
Son una reserva de experiencia profesional indispensable para evitar que las aulas queden vacías. Pero su reincorporación también revela otra paradoja: personas mayores que deberían poder disfrutar de una vejez digna vuelven a asumir jornadas laborales exigentes para cubrir las carencias de un sistema que no logra garantizar suficientes docentes.
En muchos casos deben afrontar jornadas completas y aulas con más de 35 estudiantes, sin auxiliares docentes que les apoyen y en un contexto marcado por apagones prolongados, calor extremo y escasez de recursos.
Un maestro jubilado no solo imparte conocimientos. En estas condiciones, también debe gestionar la falta de agua y electricidad, atender a niños que llegan sin dormir ni desayunar y sostener una rutina educativa que el propio sistema califica de “excepcional”.
El coste físico y emocional de esta labor rara vez figura en las estadísticas.
Una crisis de cuidados que no puede seguir ignorándose
Desde el Observatorio de Cuidados y Derechos CUIDO60, consideramos que el regreso a clases evidencia problemas estructurales que van mucho más allá de la cobertura educativa.
1. La crisis energética agrava la crisis de cuidados: sin electricidad, tareas indispensables para que un niño pueda acudir a la escuela —cocinar, conservar alimentos, lavar y planchar el uniforme, garantizar condiciones mínimas de higiene— se vuelven mucho más difíciles. Estas tareas recaen de manera desproporcionada sobre las mujeres.
2. El derecho a la educación exige condiciones dignas: la educación no consiste únicamente en abrir las puertas de una escuela. Todo niño, niña y adolescente tiene derecho a estudiar y a hacerlo en condiciones dignas, seguras y adecuadas para aprender. Agua, alimentación, higiene, espacios en condiciones, docentes suficientes y un entorno que permita descansar y concentrarse no son elementos secundarios: forman parte de las condiciones materiales necesarias para que el derecho a la educación pueda ejercerse plenamente.
3. Las mujeres mayores soportan una parte desproporcionada de la crisis: las abuelas que cuidan a sus nietos, muchas veces como consecuencia de la migración, están asumiendo responsabilidades que implican tiempo, esfuerzo físico y desgaste emocional. Sin reconocimiento, apoyo ni recursos suficientes, su trabajo sostiene buena parte de la vida cotidiana de las familias.
4. Las medidas de emergencia no resuelven el problema estructural: la reducción de horas lectivas, la flexibilización del uniforme o la posibilidad de que un docente atienda varias instituciones pueden responder a una emergencia inmediata, pero no solucionan las causas estructurales de la crisis. La infancia no debería crecer en condiciones de privación que comprometan su aprendizaje y su desarrollo.
5. Los maestros jubilados son indispensables, pero no invisibles: la reincorporación de docentes jubilados pone de manifiesto una contradicción: el sistema necesita su experiencia, pero al mismo tiempo los expone nuevamente a condiciones laborales exigentes y precarias. Su vocación y experiencia no pueden convertirse en sustituto de políticas incapaces de garantizar una plantilla docente suficiente y condiciones dignas para quienes enseñan.
Llamado a la acción desde CUIDO60
Que la crisis de cuidados no siga siendo invisible
Lo que ocurre hoy en las escuelas cubanas no puede quedar reducido a cifras, apagones o declaraciones oficiales. Detrás de cada aula sin condiciones, de cada niño que llega sin desayunar y de cada jornada que una madre o una abuela dedica a conseguir agua, alimentos o transporte, existe una red de cuidados que sostiene a la sociedad mientras permanece prácticamente invisible.
CUIDO60 llama a poner el cuidado, la infancia y el derecho a la educación en el centro del debate público.
Porque cada niño, niña y adolescente tiene derecho a estudiar. Pero ese derecho no puede entenderse únicamente como la posibilidad formal de ocupar un pupitre. Estudiar también significa poder hacerlo con dignidad, seguridad y condiciones adecuadas para aprender: con agua, alimentación, higiene, espacios seguros y adecuados, docentes suficientes y un entorno que permita descansar, concentrarse y desarrollar plenamente sus capacidades.
Ningún niño debería tener que elegir entre asistir a clases o alimentarse. Ninguna familia debería verse obligada a decidir si puede enviar a sus hijos a la escuela porque no tiene cómo garantizarles desayuno, merienda, higiene o transporte. Y ninguna madre, abuela o docente debería cargar en soledad con las consecuencias de un sistema que no garantiza las condiciones necesarias para que la educación sea verdaderamente un derecho.
A las familias, madres, abuelas, docentes y personas mayores que están sosteniendo esta crisis: sus experiencias importan y deben ser escuchadas. A las instituciones responsables de garantizar los derechos de la infancia, la educación y una vejez digna: la excepcionalidad no puede convertirse en norma, ni la sobrecarga de las familias en sustituto de las responsabilidades institucionales.
El derecho a la educación exige mucho más que abrir las puertas de una escuela: exige garantizar las condiciones materiales y humanas que permitan a cada niño aprender, crecer y desarrollarse con dignidad.
A periodistas, organizaciones, investigadores y sociedad civil: documentemos, contrastemos y hagamos visible lo que está ocurriendo. Cada testimonio, cada dato y cada historia contribuyen a construir una imagen más completa de una crisis que no es solamente educativa, energética o económica: es también una crisis de cuidados y de derechos que afecta directamente a la infancia y a quienes la sostienen.
CUIDO60 seguirá documentando cómo estas crisis afectan de manera diferenciada a la infancia, a las mujeres y a las personas mayores, y seguirá dando voz a quienes sostienen los cuidados en condiciones cada vez más difíciles.
Los niños no necesitan solamente una escuela abierta: necesitan una escuela donde puedan aprender. Y aprender es un derecho que debe ejercerse con dignidad y en condiciones adecuadas.
