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El riesgo no me detiene

La historia de una persona mayor recolectora de basura
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EL RIESGO NO ME DETIENE

La crisis sanitaria y ambiental que atraviesa la región central del país ha expuesto con crudeza una de las formas más extremas de vulnerabilidad social en la Cuba contemporánea: la de las personas mayores que dependen de la recolección informal de desechos para sobrevivir. En un contexto marcado por el deterioro del sistema de recogida de basura, brotes epidemiológicos recurrentes y colapso de los servicios básicos, estas personas se ven obligadas a interactuar diariamente con focos de contaminación, sin protección ni respaldo institucional para los posibles impactos derivados de este precario autoempleo. 

El siguiente relato se ha construido a partir del testimonio de una persona mayor que se dedica a la recolección, a quien acompañamos durante su recorrido por los basureros de la ciudad. El recolector accedió a conversar mientras realizaba su trabajo. Explicó que “no podía detenerse”, que tenía varios basureros por revisar antes del mediodía y que necesitaba “resolver algo para comer”. No había desayunado y no sabía si lograría almorzar ese día. 

Su rutina consiste en recorrer distintos puntos de la ciudad con sus bolsas, revisando contenedores y vertederos improvisados en busca de latas, envases de vidrio, restos metálicos y cualquier objeto que pueda venderse o reutilizarse. Cuando encuentra comida que considera aprovechable, la recoge, la recalienta y se la come. Advierte sobre la saturación de este nicho laboral, debido a las crecientes necesidades y aumento de la pobreza. Como él, muchas personas mayores o en situación de vulnerabilidad, se ven obligadas a realizar esta labor para conseguir algo de alimentación o algunos ingresos adicionales para sobrevivir.  En sus propias palabras:

En esto hay mucha gente ya, y si te demoras mucho, cuando pasas, no encuentras nada. Aquí te dejan pan, arroz que casi no está echado a perder y pedazos de vianda o huesos que tú los ves que están frescos, esos sirven para comer; lo que ya si se ve que no sirve se echa para el sancocho que se vende (…) La gente te lo compra, depende como esté el sancocho. Puede ser a 100 o 150 pesos la cubetica, si es cáscara vale menos. (…) Yo ando por todos lados, hasta que me canso, tomo agua y me tiro (acostarse) un rato para después seguir, porque por la tarde la gente bota muchas cosas también que están buenas.  

Durante el recorrido, pudimos constatar algunas características espaciales donde tiene lugar esta labor. Se trata de un escenario urbano marcado por un evidente deterioro físico, al que se ha agregado una acumulación sostenida de desechos sólidos en espacios públicos, resultado de la ineficiencia del sistema de recogida de basura, la falta de combustible y el colapso de la infraestructura municipal. Como resultado, se han producido alertas sanitarias relacionadas con brotes gastrointestinales y otras afecciones asociadas a la descomposición de residuos, además de la proliferación de vectores y el impacto a la contaminación ambiental.

 

Para un sector de la población mayor, que padece de forma más marcada los impactos de la crisis y la inseguridad económica, estos espacios representan una fuente de subsistencia mínima, aunque altamente riesgosa. El testimonio revela conciencia sobre la problemática; sin embargo, minimiza o rebaja la percepción del riesgo sobre la salud. 

Sí yo sé eso, pero eso a mí no me para, eso a mí no me da miedo porque yo nunca me enfermo, ¿tú ves? Yo hago esto hace tiempo y lo único que tengo es cortadas en los dedos, porque la gente tira vidrios entre los papeles y eso, pero más nada. (…) El otro día nos llamaron de aquí del policlínico para hacer una prueba y yo estaba bien y ahí sí había viejitos que los dejaron ahí porque ya no pueden hacer estas cosas, pero después los ves en la calle otra vez. 

Esta percepción evidencia una falla estructural en la protección social y psicológica de la vejez porque, de alguna manera, el carácter estructural de la crisis ha contribuido a normalizar estas prácticas y minimizar sus efectos en la población envejecida. El hecho de que estas prácticas ocurran en medio de una situación epidemiológica activa subraya la ausencia de políticas efectivas de prevención, atención y protección para los sectores más vulnerables. 

A diferencia de otros grupos etarios que realizan actividades afines, las personas mayores enfrentan los diferentes riesgos que emergen de este tipo de trabajos, con una menor capacidad física, mayor prevalencia de enfermedades crónicas y sistemas inmunológicos debilitados. La exposición constante a residuos orgánicos en descomposición, objetos punzantes, fluidos contaminantes y alimentos en mal estado incrementa significativamente la probabilidad de infecciones, intoxicaciones y lesiones, impactando negativamente su estado de salud. 

El testimonio también revela un alto nivel de inseguridad alimentaria y de desprotección social. Reconoce tener acceso al comedor que provee el Sistema de Atención a la Familia (SAF), pero confirma, al mismo tiempo, las dificultades crecientes que están presentando muchas personas mayores para contar con el beneficio de alimentación y los recortes en otros beneficios de asistencia social. 

Yo puedo ir al comedor (comedor social asociado al SAF), pero me queda lejos y no puedo ir todos los días. Aparte de que tengo que pagar, por eso tengo que vender aquí el sancocho y las cositas que sirven que hay aquí. Cuando vendo me puedo comer una pizza o algo en la calle o lo que yo quiera y eso me sale mejor que ir al comedorcito. 

Las distancias a recorrer para llegar a la ubicación del comedor, el creciente déficit de transporte, la calidad de lo que se ofrece, así como los altos costes del servicio dificultan y restringen el acceso. 

Arroz, sopa, picadillo o croqueta, a veces boniato y a veces pan. (…) Si yo puedo, lo recojo y lo guardo para la comida, para después o al otro día. Ya yo no como tanto ni tomo tampoco, porque está caro el alcohol… el comedor tengo que pagarlo y lo demás tengo que pagarlo con lo que hago aquí, con las cositas que voy vendiendo, de lo que hago en el día así. 

Además, existe una dimensión simbólica de invisibilización. Estas personas mayores recorren la ciudad interactuando con los desechos de la sociedad sin ser reconocidas como sujetos de derecho. Su presencia en los basureros es normalizada, naturalizada y, en muchos casos, estigmatizada. El riesgo que asumen se convierte en un costo individualizado de la crisis, mientras el Estado elude su responsabilidad de garantizar condiciones mínimas de subsistencia y salud pública. Esta realidad constituye una expresión concreta de abandono estructural y una señal inequívoca del fracaso de los mecanismos de protección en la Cuba actual.

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