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Se va perdiendo la humanidad a medida que la crisis empeora
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SE VA PERDIENDO LA HUMANIDAD

Mientras la oscuridad se extiende sobre Cuba, no solo en forma de apagones, sino como metáfora de una sociedad asfixiada por el desgaste de un sistema en ruinas, hay sectores de la población que resisten desde el esfuerzo personal y cotidiano. Son ciudadanos agotados, pero dignificados en su humanidad, que enfrentan el colapso de la infraestructura, la escasez crónica y el abandono institucional con una mezcla de resignación y coraje silencioso. 


Los prolongados cortes de electricidad, la falta de alimentos y medicinas, y especialmente la escasez de agua potable, son parte del paisaje cotidiano en gran parte del país. El acceso al agua, un derecho básico, se ha convertido en una odisea diaria para millones de cubanos. En muchas comunidades, especialmente en zonas urbanas, la infraestructura hídrica está completamente deteriorada: tuberías con décadas de uso, rotas, con salideros permanentes, y bombas que no funcionan por falta de piezas o mantenimiento. A ello se suman barrios enteros que han sido desconectados del sistema por problemas técnicos que no se solucionan, o peor aún, por decisiones administrativas que priorizan otras zonas en función de intereses políticos o turísticos.


En numerosos municipios, los ciudadanos han dejado de esperar soluciones por parte del Estado. Las cisternas improvisadas, los tanques comunitarios, el acarreo de cubos desde largas distancias o el acceso a pozos artesanales se han vuelto estrategias comunes. Es usual ver a ancianos, mujeres con niños y personas con discapacidad esperando durante horas por una pipa de agua que muchas veces no llega. La falta de higiene asociada a esta escasez ha comenzado a generar brotes esporádicos de enfermedades digestivas, dermatológicas y respiratorias, sin que haya una respuesta sanitaria adecuada.


Uno de los casos más críticos se registra en la ciudad de Santa Clara, capital de la provincia de Villa Clara, donde la situación del agua ha alcanzado niveles alarmantes. Según reportes ciudadanos y denuncias en redes sociales, hay barrios que llevan más de cinco años sin servicio estable. En muchos edificios multifamiliares, los inquilinos han tenido que perforar pozos ilegales en los patios o subir el agua a mano hasta pisos superiores. La respuesta institucional ha sido mínima o inexistente. Sin embargo, en algunos casos han sido las personas quienes han debido encontrar formas de subsistir e incluso ayudar a los más necesitados, con verdadero espíritu solidario y sentido de pertenencia comunitaria, como el caso de Carlos, a quien su edad no le impide preocuparse por otros. 


En las calles de la ciudad de Santa Clara me encuentro a Carlos, un adulto mayor cristiano que vino desde Santiago y se ha incorporado a la vida local a través de la contribución a la comunidad. Durante el día realiza varios viajes con su carretilla, llena de bidones de agua, desde la iglesia hasta la escuelita del barrio donde no tienen servicio de agua potable desde hace mucho tiempo. 


Como jubilado, Carlos encuentra en esta rutina un renovado sentido de utilidad a la sociedad y me comenta con el rostro sonriente de quien no se deja apesadumbrar por la situación: 


Yo aquí estoy en la iglesia, ayudando como puedo… ¿Tú ves? Aquí van casi cincuenta litros de agua que es potable, para los muchachos de la escuela. De aquí para allá hay que llevar agua unas cuantas veces y así nos ayudamos porque la situación está muy difícil. La escasez y la situación no te pueden quitar las ganas de hacer cosas y mantenerte activo, porque si no puedes resolver un problema puedes ayudar a resolver otros y así… (…) Todo lo que está pasando son señales y la situación se pone cada vez peor, porque se va perdiendo la humanidad a medida que la crisis empeora. 


(…) Yo sé trabajar con hambre, porque lo hecho muchas veces y hay personas que saben aguantar el hambre, porque ahora ya el dinero no le alcanza a alguien que trabaja para comer todas las comidas del día. Es una situación muy fea, cada persona hace lo que puede por salvarse a sí misma y pocos hacen por ayudar a otros. Cuando falta la comida, así como ahora, es muy difícil, porque eso es lo fundamental para mantenerse activo.


(…) Cuando todo está así parece que no hay esperanza, yo te digo que siempre hay, pero hay que hacer el bien, un poquito cada quien y ahí viene la esperanza. 


La historia de Carlos no elimina la gravedad de la crisis, pero nos recuerda que la solidaridad todavía sobrevive en los márgenes del abandono. Sin embargo, no debería recaer sobre los hombros de ciudadanos con mayor nivel de vulnerabilidad la responsabilidad de cubrir las carencias estructurales de un Estado que ha perdido su capacidad de respuesta ante los reclamos desesperados de la ciudadanía. La escasez de agua, más que un fallo técnico circunstancial en las redes de abasto, representa la fractura de un contrato social no cumplido. Mientras se priorizan recursos para propaganda y represión, miles de cubanos viven sin lo esencial con la única opción, (frente al olvido institucional) de la acción comunitaria y la memoria crítica como formas de resistencia. En estos momentos realmente oscuros, debe alzarse el ejemplo del individuo soberano sobre las consignas y los golpes de efecto del poder. Es esa humanidad de personas como Carlos, la que no nos han quitado todavía. 

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