Soy una persona bendecida
Por: Teresa Díaz Canals
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¿A qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de sufrimiento, si otros han sufrido más que yo? Cuando otros lloran sangre, ¿qué derecho tengo yo para llorar lágrimas?
José Martí
Mi nombre es Nory. Vivo sola en el barrio de Luyanó, tengo 73 años. Adoro a mi hijo, él hace tiempo no está conmigo porque vive con su esposa cerca de aquí. La jubilación que recibo, como a muchos nos pasa en este país, no es suficiente para nada. Trabajé como operativa de un puesto de dirección en un Contingente que se especializaba en construcciones hasta que llegó el día de mi retiro laboral. Ahora me dedico a vender cosas en la casa desde hace tiempo.
Estuve casada con el padre de mi hijo hace ya bastante tiempo, el matrimonio funcionó bien, fue una relación bonita hasta que mi esposo comenzó a tomar, se volvió un alcohólico y ese fue el motivo del divorcio. A pesar de ese problema reconozco que fue muy buen padre. Él murió hace unos años de cáncer cerebral. Cuando enfermó, mi hijo me pidió traerlo a la casa de nuevo por esas circunstancias y claro que accedí, aquí murió hace unos años. Cuando se encontraba ya en fase terminal, vinieron a visitarlo dos sobrinas de él. Nos pusimos a conversar acerca de la familia y de algunos recuerdos que teníamos, en ese ambiente de calma falleció.
La falta de luz en esta zona donde resido no me castiga demasiado, pues mi casa se encuentra muy cerca del hospital Hijas de Galicia y por ese motivo no me siento tan agobiada, aunque por lo demás, sentimos las mismas vicisitudes de todo el pueblo: falta de alimentos, inflación, insalubridad terrible, falta de medicinas y todo lo que hoy nos afecta. Actualmente soy Vice-presidenta de la Fraternidad de Mujeres de la congregación religiosa a la que pertenezco desde hace más de 20 años: la Iglesia Cristiana Presbiteriana Reformada en Cuba. Tengo una participación activa en sus cultos.
Me considero que soy una persona bendecida por todas las cosas buenas que me suceden. Claro que he tenido que pasar a través de mi vida por hechos desgarradores, como fue el terrible accidente de mi hermano menor. En su trabajo, un día, cuando solo tenía 26 años, se recostó a una grúa que tocó unos cables de alta tensión. El impacto eléctrico lo alcanzó y le salió por las piernas. En el hospital decidieron amputárselas. Caminó unos años con unas prótesis. Después, ya cuando envejeció volvió de nuevo a la silla de ruedas porque los dolores en la columna - como consecuencia del problema que había tenido - se volvieron insoportables, no quiso continuar sufriendo esas crisis y se ahorcó.
La fe me salvó, me enseñó los caminos de Dios. Tengo que terminar ya con esta conversación, debo irme pronto a un concierto de violín.
