Perdonar es vencer

 

Por Teresa Díaz Canals

Investigadora asociada a Cuido60

 

Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto

Julio Cortázar Rayuela

 

Aún por el derecho, es un pecado

verter sangre, y se ha de

hallar al fin el modo

de evitarlo.

 

José Martí Mi padre era español

 

Las personas que nos dedicamos a las ciencias sociales no podemos permanecer ignorantes del tremendo papel que la violencia ha desplegado en los asuntos humanos. Con frecuencia se escucha y se lee a algunos especialistas en economía, filosofía, sociología, etc. comentar en determinados espacios televisivos y en las redes sociales el peligro del capitalismo. Con la misma retórica de siempre, se condena el individualismo, el consumismo, la explotación de este sistema. Sin embargo, asombra cuando estos mismos expertos no hacen mención acerca de los peligrosos acontecimientos nacionales que hoy nos conmocionan en un contexto anticapitalista. 

Sorprende también la declaración en la televisión cubana del 12 de noviembre de 2021 del Presidente de la República de Cuba Miguel Díaz-Canel: nuestra divisa es la paz… en paz en el presente Cuba vive y vivirá.  Lo que hemos constatado en estos complejos tiempos ha resultado todo lo contrario a esa afirmación: ¿es paz un acto de repudio? ¿el encarcelamiento de cientos de personas por haber participado en los acontecimientos del 11 de julio del presente año es paz? ¿Es paz vigilar a determinadas personas e impedirles salir de sus casas? ¿Es paz armar a colectivos de trabajadores con palos para que agredan en cualquier momento a sus propios compatriotas, los cuales desean expresar libremente otras opiniones e insatisfacciones? ¿Es paz que un sector de la población viva en condiciones infrahumanas y que una gran parte de la población tenga que vivir permanentemente en una cola, en condiciones de absoluta sobrevivencia? ¿Es paz detener, interrogar y amenazar arbitrariamente a periodistas independientes? Tratar con lo Otro es simplemente tratar con la realidad. Es bueno recordar ese refrán de la sabiduría popular: el sol no se puede tapar con un dedo.

Produce angustia sentir ese tono de desdén, de sombría advertencia y amenaza en los funcionarios y comunicadores oficiales, ¿qué es eso de no dejar usar ropa blanca el día 15? Es un trato despótico a un pueblo tratado como niño pequeño. Resulte lo que resulte de los posibles enfrentamientos, siento que no se avizora la armonía necesaria para reconstruir al país. Por este camino la posibilidad de que el futuro sea igual al pasado es abrumadora.

   Ahora me viene a la mente esa frase capital de José Martí en la carta que dirigió a Máximo Gómez en octubre de 1884: Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento. Qué manera de olvidar el legado martiano. Si este proyecto político ha declarado siempre su adhesión al pensamiento democrático del Apóstol, por qué desconocer la mayor parte de sus postulados al respecto, entre ellos: Todo poder amplia y prolongadamente ejercido degenera en casta. Con la casta vienen los intereses, las cábalas, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas. Sabemos muy bien las “razones” por las cuales se negó el permiso de manifestación del próximo día 15. Qué lástima que no se atienda al clamor y a los derechos de muchas personas que también son de nacionalidad cubana. En un lenguaje de “no” absoluto no hay salida ni, por tanto, lugar para el diálogo. Todo lo esquemático y rígido es el resultado de una simplificación. Se ningunea a muchos jóvenes con una agobiante frase: “yo digo que esto es así” y cristaliza hoy más que nunca la demagogia, cuando lo que se necesita es que toda la sociedad sea pueblo.

   Nuestra Iglesia católica ha hecho un llamado a la cordura en un momento decisivo de nuestro presente. ¿Por qué no pedir desde el Gobierno la mediación de esta institución? ¿Cuánto pudiera ayudar esta colaboración al entendimiento y conciliación entre todos los cubanos?

   Qué diferente sería Cuba si en vez de estas prácticas de tremenda hostilidad  a los que quieren una Cuba diferente, se atienda con verdadera eficacia las necesidades de los ancianos que viven solos, de los enfermos que requieren de medicinas que no tienen, de los huérfanos, de los mendigos, de las personas que no tienen casas o están en malas condiciones, de las calles sucias y destruidas, de las escuelas, de la economía sin visitas de dirigentes que repitan de manera constante y ramplona: hay que producir más. Qué diferente sería Cuba si en esas escuelas partidistas y de cuadros se hubiera configurado una pedagogía del testimonio que transmitiera la compasión, para que la dirección de la nación supiera – por fin -  del peligro de comprender lo humano en términos de representación, es decir, definido en un solo discurso que conlleva a la exclusión, la violencia y la inhumanidad.  Oremos también por nuestros gobernantes.

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