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Chile envejece, pero nuestras narrativas aún no

 

Por Consuelo Estadella Guerra

Terapeuta Ocupacional

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“A esta edad una aprende a no molestar”.

Esta frase fue dicha por una usuaria de 76 años que había dejado de participar en actividades que antes disfrutaba. No hablábamos de una limitación física determinante, sino de una decisión progresiva de retirada. Una forma de autoexclusión silenciosa. A lo largo de mi ejercicio profesional, he escuchado muchas versiones de este mismo mensaje: adaptarse, retirarse, no incomodar.

En un país envejecido, esta idea resulta inquietante. Chile ya vive un envejecimiento estructural; sin embargo, persisten narrativas sociales, profesionales y comunicacionales que no logran acompañar este proceso. Narrativas que influyen directamente en cómo las personas mayores se perciben y participan en la vida cotidiana.

La OMS ha señalado que para el año 2030 una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más. Este escenario tendrá implicancias no solo para los sistemas de salud y protección social, sino también para nuestra comprensión del bienestar, la participación y la salud mental a lo largo del curso de vida. Es importante recordar, además, que no existe una única vejez: el envejecimiento es heterogéneo y está atravesado por trayectorias de vida, condiciones sociales, redes de apoyo y oportunidades diversas de participación.

A pesar de ello, al observar las conversaciones predominantes en redes sociales, en espacios laborales o incluso en discursos sobre bienestar y salud mental, la vejez suele aparecer de manera limitada, estereotipada o directamente ausente. Estas representaciones reducidas no solo circulan a nivel social, sino que son progresivamente internalizadas por las propias personas mayores, condicionando qué ocupaciones consideran legítimas, en qué espacios se sienten bienvenidas y hasta cuándo creen que pueden seguir participando.

La evidencia muestra que una de cada siete personas mayores presenta algún problema de salud mental, siendo la depresión, la ansiedad y la soledad algunas de las experiencias más frecuentes. A esto se suman cambios en los roles ocupacionales, pérdidas significativas y una participación social que muchas veces se restringe más por barreras simbólicas que por limitaciones reales.

Desde la terapia ocupacional, entendemos que el envejecimiento es un proceso biológico, pero también ocupacional, identitario y relacional. Implica redefinir el sentido de propósito, pertenencia y autonomía en una sociedad que no siempre ofrece espacios para ello. Cuando estas transiciones no son acompañadas, el impacto en la salud mental es concreto.

Por eso, el desafío que tenemos como sociedad es seguir avanzando y revisar críticamente las narrativas que sostenemos y comunicamos. Necesitamos formas de comunicación más diversas, menos estereotipadas y verdaderamente inclusivas, que reconozcan la heterogeneidad de la vejez y promuevan la participación activa.

Por eso paso a recordarte: ¿Tú ya miraste de dónde nace tu relato?

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