La vida de los demás
Por Teresa Díaz Canals
Quiero ser siempre aquello con lo que simpatizo,
Siempre me convierto, más tarde o más temprano,
en aquello con lo que simpatizo, sea una piedra o un ansia,
sea una flor o una idea abstracta,
en una multitud o una manera de comprender a Dios.
Fernando Pessoa Tránsito de las horas

Foto: Ernesto Márquez González
Participante del Concurso 'Mirar la vejez' - 2025
Hay hechos que pasan y se olvidan rápidamente, pero también hay momentos que no se borran de la memoria, que retornan, que nos envuelven y no nos dejan ya para siempre. Me pasó hace poco, en la ciudad de Miami, me reencontré con una pareja amiga, los conocí cuando estábamos en la secundaria. Me invitaron a reunirme con ellos una noche. A la reunión de amigos también fue otro de los conocidos de antaño, éste último me preguntó antes de llegar a la casa donde se realizaría el encuentro, si sabía si los anfitriones se habían casado alguna vez. Pues no sé, para mí que no, porque no recuerdo nada sobre eso, le respondí. Al final de la noche, cuando ya estábamos a punto de dormir, después de reírnos de muchos incidentes que nos sucedieron juntos en nuestra niñez, mi amiga me saca una foto. Era yo firmando en la boda de ella, no lo podía creer, había sido hasta una de las testigos de la unión y se había desvanecido de mi memoria. Sin embargo, una cosa es olvidarse de pasajes sucedidos en el pasado individual y otra es no acordarse de lo que está pasando en el presente, en la cotidianidad de nuestras vidas y, sobre todo, en la vida actual de los demás desde el punto de vista social.
Es importante destacar algunos pasajes de una obra que necesita examinarse en estos aciagos tiempos, en que leer está fuera de moda para millones de personas. “Los hundidos y los salvados” del superviviente del Holocausto Primo Levi (1919-1987), quien fuera liberado del campo de concentración de Auschwitz. Este autor italiano llama la atención acerca de esas personas que son ciegos ante cualquier situación negativa en una sociedad, de esos subordinados que firman todo, pues no consideran que ese acto es importante. También narra el proceso de desmoralización que tiene lugar en una situación de hambre, de frio, de suciedad, de miedo, de migraciones forzadas, de ruptura de lazos familiares, de necesidad, de solidaridad y como, ante ello, todo se reduce al instante actual. Asimismo, escribió algo que considero de una gran significación en nuestros días y tiene mucho que ver con el concepto brindado por la filósofa Hannah Arendt (1906-1975) la banalidad del mal, con el cual, sin nombrarla, Levi coincide con esta pensadora, pues destaca la posibilidad de ser potencialmente capaces de causar una mole infinita de dolor, la única fuerza que se crea de la nada, sin gasto ni trabajo. Es suficiente no mirar, no escuchar, no hacer nada.
No mirar, no escuchar, no hacer nada. Me pregunto cuántas personas en esta sufrida Cuba hacen exactamente eso. Podemos y debemos comunicarnos, dialogar, ocuparnos de múltiples maneras para aliviar ese sufrimiento, esa agonía, esa tristeza. Otra cuestión que atenta contra la solidaridad es la ignorancia, la mala educación, la vulgaridad en su máxima expresión, constituyen instrumentos de desconexión, de desarticulación de una sociedad. El buen gusto y la fineza se entumecen y, paralelamente, la comparsa escandalosa se expresa hasta en un ceremonial de despedida por la muerte de un ser admirado y querido. El acompañamiento en silencio, el descubrirse la cabeza, son gestos de respeto, de homenaje adecuado.
Hoy más que nunca, como resultado de la tecnología, podemos estar al tanto acerca de las opiniones de los demás, sabemos que cualquiera puede decir lo que desee. Muchas veces son noticias e intervenciones muy interesantes y otras nos asombramos de la cantidad tremenda de idioteces que se expresan en las redes. Sucede que perdemos cada vez más la capacidad de escuchar a otros y, por tanto, ese que clama porque sufre no es atendido porque lo que predomina es la indiferencia, como señalara el filósofo de Corea del Sur Byung-Chul Han en un texto denominado “La expulsión de lo distinto”, el sufrimiento se privatiza.
Hay que aprender a escuchar de verdad, solo ello reconcilia, salva. ¿Cómo es posible no atender la angustia y el pedido específico de una madre que clama por su hijo en extremo enfermo? ¿Cómo es posible que se publique un artículo donde se criminalice a la indigencia y no se promueva una atención especial y efectiva a este tipo de población vulnerable? ¿Cómo es posible realizar actividades festivas, propias de salón de cabaret en lugares que deben ser sagrados?
Solo me quedaría esbozar un grito, no de manera estridente, porque estoy en soledad, pedirle a Dios que nos ayude y exclamar: ¡Alto! ¡Hasta aquí y no más!
