La vida es un escenario
Por Teresa Díaz Canals

Erving Goffman (1922-1982) fue un destacado sociólogo canadiense-estadounidense, quien desarrolló un importante análisis acerca de la vida cotidiana y destacó en ella un enfoque dramatúrgico, decía que “la vida es puro teatro”. Recordé la obra de este pensador cuando se anunció la llegada de un grupo de personas a Cuba para entregar una ayuda solidaria. Lejos de llegar sin algarabía, con discreción, en silencio, de colocarse en conexión con el sufrimiento de un pueblo que no tiene ni luz, ni alimentos, ni medicinas, aceptaron el recibimiento “a todo meter”, como a veces exclamamos nosotros, los cubanos. Pues sí, fueron reunidos todos en un teatro con gritos de “u”.
Hubo una declaración de uno de los visitantes, que me llamó mucho la atención. Resulta que comentó que uno de los dirigentes del partido que lo recibió le expresó que era exagerado lo que se comunicaba en las redes acerca de Cuba, que “no es tan mala la situación”. Es impresionante escuchar tal evaluación en un país apagado y destruido, en un país donde la basura no se recoge a la manera que se hace en cualquier lugar del mundo, si acaso se quema, método muy tóxico para los habitantes, donde los edificios no se reparan, se desploman, donde se ha vivido por muchas décadas de una libreta de racionamiento donde tenías que comer lo que los dirigentes entendían que debías adquirir, donde los equipos eléctricos se repartían de acuerdo a los méritos laborales y políticos que tuviera la persona que los pedía.
Otra cuestión que me parece que no debemos dejar pasar por alto: “no estamos tan mal” y se encarcela, se reprime, se aplasta a todo aquel que intenta decir algo diferente. Ahí están los ejemplos recientes de la joven Anna Sofía Benítez Silvente y su madre Caridad, amenazadas con varios años de cárcel y ahora presas domiciliarias. Ahí está el caso de ese señor mayor de edad - ¡68 años! - a quien lo detuvieron en San Antonio de los Baños y le confiscaron su triciclo por un cartel que colgó: ¡No monto ni clarias ni chivatos. ¡Solo hombres libres!
Los que se hospedaron en hoteles de lujo con luz eléctrica, pasearon en un transporte que los cubanos no tienen, cuando las universidades y muchas escuelas están cerradas por no tener cómo trasladarse hasta ellas, los que bailaron en esa gira humanitaria circense no se acercaron a ninguna persona que cocina con carbón, a ningún anciano que registra la basura, a ningún paciente que le falta lo imprescindible para sanar, a ninguno de los familiares de los presos políticos. Interceder por ellos habría significado el ejercicio de una ética de la compasión hacia quienes sufren en el presidio, un alivio para ese destino inmerecido.
Algunos me dijeron insensible por rechazar para mi pueblo la payasada del convoy. A esos excolegas les respondo con Martí: ¿Se vive en República y no se es dable decir lo que se piensa?
