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¡Trabajemos, aunque sea llorando!

 

Por Teresa Díaz Canals

Hay una cosa más preciada que la vida: la vida honrada
José Martí Adúltera

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Foto: Gabriel García Juarez.

Participante del Concurso 'Mirar la vejez' - 2025

La frase que se ha tomado como título tiene el sello de José Martí, quien la expresó en un discurso que pronunció en la inauguración del Liceo de Regla el 8 de febrero de 1879, es decir, hace 146 años de la proclamación de esa actitud ante la vida. Es sorprendente que hoy esté más presente que nunca y constituya una divisa esencial para una gran parte de la ancianidad cubana.

 

   Circuló hace unos días en las redes sociales un material audiovisual publicado por el sitio de noticias Cubanet, que registra otro hecho terriblemente penoso en relación con la situación de las personas mayores en Cuba. En el muy conocido parque capitalino El Curita, unos policías arremetieron contra una señora mayor de edad, quien vendía unos modestos artículos, los cuales fueron decomisados y la mujer conducida en una patrulla hasta la estación de policía para imponerle una multa de miles de pesos que ella no posee. Alcancé a escuchar una explicación de la víctima del atropello policiaco: “Tengo un nieto de 28 años, puedo ser tu abuela. Me tiene que atender como una persona mayor”, fueron sus palabras, las cuales no conmovieron al agente del orden.

 

   Al día siguiente salió la noticia de que el material divulgado resultó ser falso, más adelante modificaron los hechos de nuevo. No eran refrescos en pequeños sobres la mercancía que vendía la anciana, sino estropajos y que aunque se la llevaron no le impusieron ninguna multa. 

 

   Estimo que, independientemente de si el incidente fue de una manera o de otra, es una realidad que este tipo de arbitrariedades ocurre desde hace mucho tiempo en Cuba, no es algo aislado que podamos tomar a la ligera en el momento de hacer una evaluación acerca de la situación de las personas más vulnerables en el territorio cubano. 

 

   Recuerdo ahora los muy tristes años noventa. Una persona mayor que vivía en el Vedado y se llamaba Enma  - ya fallecida - se vio obligada a poner un negocio de venta de comida porque su pensión tampoco le alcanzaba para vivir. Sacó el permiso necesario ante las autoridades correspondientes y de manera muy frecuente se le aparecían inspectores que no eran más que unos abusadores. Terminaban sus revisiones llevándose los alimentos que deseaban. Un día se presentaron y fueron tan crueles que le impusieron una multa de gran cantidad de dinero. La causa del castigo era porque la anciana había comprado algunos artículos en pesos cubanos y tenían que proceder de las tiendas que vendían en la otra moneda equivalente al dólar, que en ese entonces eran los CUC. Para ello tenía que presentar la factura de la compra en esa moneda.  Enma se puso muy mal, cerró definitivamente el emprendimiento porque personas inescrupulosas se opusieron a que trabajara sin hacerle daño a nadie. Al poco tiempo enfermó. 

 

   Poco antes de morir la llevaron al hospital, el médico pidió permiso a sus familiares para entubarla; no encontré ningún sentido a la pretensión de extenderle la vida unos pocos días más. El doctor insistió y así lo hizo. Después, su cuerpo sirvió para explicarle a los estudiantes de medicina lo que se hacía en esos casos, les interesaba la enfermedad, pero no el ser humano. El momento de alargarle la vida ya había pasado, era dejarla que apaciblemente pudiera desarrollar su negocio, vender el producto de su esfuerzo, sobrevivir con decencia. Pertenecía a una generación que se sentía más fuerte que todo obstáculo y todo dolor, pero la mató la injusticia, la agonía del acoso al que fue sometida por funcionarios inescrupulosos. 

 

   Hay que recorrer las calles de La Habana y del resto del país y observar cómo en la actualidad, las personas con pelo cano están obligadas a trabajar para poder sobrevivir con pensiones extremadamente miserables. He hecho algunos recorridos por la calle Belascoain y por la de Reina - por solo poner dos ejemplos - y he podido observar la venta de bagatelas en la entrada de algunas casas, un espectáculo que produce desasosiego y que muestra la extrema miseria que azota a un sector de la población que ya debe estar ocupado en el descanso, en la calma que proporciona cierto bienestar por haber laborado un largo período de tiempo. 


     La pobreza en esta Isla se criminaliza. Así es fácil el triunfo, siendo injusto.

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