Dignidades
Por Claudia Bernal

Foto: S/T | Por: Gabriela Rodríguez. Concursante 'Mirar la vejez' 2025.
Acostumbro a ser muy observadora. Voy caminando y veo todo lo que acontece a mi alrededor; también suelo ser muy sensible, todo lo que veo me llega a lo más profundo, sobre todo si se trata de niños y de ancianos. Desde el silencio observo realidades tan frágiles que no sé cómo se sostienen a la vez con una fortaleza inaudita. Esas realidades me hacen cuestionarme cómo logran las personas mayores, sobre todo, sobrevivir en medio de tanta decadencia, en medio de tantas carencias, y, más aún, cómo sus dignidades, que muchas veces intentan ser pisoteadas, emergen en medio de tanto caos.
Respetar la dignidad de las personas mayores significa reconocer y valorar su humanidad en todas las circunstancias, más allá de las limitaciones físicas o de la posición social que ocupen. Es la convicción de que cada vida conserva un sentido, una historia y una voz que merece ser escuchada, respetada y tomada en serio. Implica la posibilidad de participar en decisiones que afectan su vida, de recibir cuidados con empatía y autonomía, y de mantener vínculos significativos con la familia, la comunidad y la cultura que les da continuidad.
En la práctica, la dignidad se manifiesta en gestos cotidianos de reconocimiento, en entornos que faciliten su autonomía y en políticas que protegen su bienestar, evitando la condescendencia o la instrumentalización. Es un principio de justicia que sostiene que la experiencia, la memoria y la humanidad de las personas mayores deben acompañar y enriquecer nuestra sociedad, incluso ante la adversidad. La dignidad no reside exclusivamente en la autonomía física, sino en la posibilidad de ser tomados en serio, de ser invitados a dialogar y de permanecer como sujetos de derechos y de afecto.
En una Cuba como la que vivimos hoy, cuando las circunstancias son cada vez peores y más decadentes, hablar de la dignidad de los mayores se impone: es un recurso social que se refuerza o se debilita según las políticas, las prácticas institucionales y los valores culturales. Hoy, con un sistema de protección social tan debilitado, hablar de dignidad con pensiones tan precarias, con precios de productos de la canasta básica impagables para tantas familias, y aún más para los mayores que viven solos, con acceso a medicamentos y servicios de salud prácticamente inexistentes, la invitación es a mirar a nuestro alrededor con una mirada compasiva, pero resolutiva, que desde nuestras realidades respete la dignidad de quienes lo dieron todo esperando una vejez digna y justa.
Esperar de las instituciones no resolverá nada; queda exigir respeto a esas dignidades y desde nuestros espacios, intentar aportar a este sector etario que tanto ya ha dado. Pensar en soluciones que faciliten la interacción entre generaciones, que protejan la autonomía y que doten de herramientas a los cuidadores para ejercer su labor con humanidad y capacitación. La dignidad se sostiene cuando las personas mayores no son reducidas a etiquetas y edadismos (inútil, dependiente, enfermo), sino reconocidas como portadoras de historia, de vínculos y de significados. La presencia atenta, la escucha paciente y la legitimación de sus preferencias, desde lo que desean hacer hasta las decisiones sobre su cuidado, son actos de justicia cotidiana que sostienen su sentido de sí.
Una línea fina separa el cuidado digno de cualquier forma de coerción velada. Es crucial que las prácticas de apoyo respeten la autonomía relativa de cada persona. Permitir que la persona mayor elija métodos de cuidado, adaptar las rutinas a sus ritmos y no imponer soluciones desde una posición de “normalidad” que no reconoce la diversidad de experiencias de envejecimiento. Cuando la persona mayor participa en la co-determinación de su cuidado, cuando se validan sus preferencias y cuando se incorporan sus redes de apoyo (familia, amigos, entornos sociales), la dignidad gana terreno frente a la presión del tiempo, la escasez de recursos o las presiones y abandonos institucionales.
Combinar protección material (acceso a cuidados, medicamentos, vivienda), cuestiones que muchas veces escapan de nuestras manos y quedan del lado del gobierno, con protección simbólica (lenguaje respetuoso, inclusión en la toma de decisiones, reconocimiento de su legado) es esencial. En esa conjunción se teje una defensa colectiva de la dignidad: no se trata solo de salvar la vida, sino de preservar la experiencia de vivir con sentido, incluso cuando el cuerpo ya no responde como antes.
Desde esa observación activa descubro un horizonte de preguntas que exige acción diaria. ¿Cómo diseñar servicios que no rompan el tejido de la vida familiar y comunitaria? ¿Qué gestos de inclusión sostienen la confianza y la voluntad de seguir participando? ¿Cómo formamos a cuidadores y profesionales para que no pierdan de vista la dignidad como principio rector? ¿Qué políticas públicas se deben exigir y promover para proteger la dignidad de nuestros mayores? La dignidad no es abstracta: se manifiesta en miradas que dicen “te veo” y en acciones que dicen “cuentas para nosotros”. A nivel personal, profesional, comunitario y de país, la tarea es clara: construir condiciones en las que cada persona mayor pueda decir con convicción, a pesar de las dificultades, que su vida sigue teniendo valor, que su voz importa y que su dignidad merece ser cuidada, celebrada y defendida.
