Cuba y la vejez empobrecida
Personas mayores entre la calle y la economía informal
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CUBA Y LA VEJEZ EMPOBRECIDA
En la Cuba actual, en medio de una crisis estructural que toca todos los niveles de la vida cotidiana, uno de los grupos más golpeados es el de las personas mayores. Las pensiones, que en muchos casos no superan el equivalente a unos 5 dólares al mes, son insuficientes para cubrir necesidades básicas como alimentos, medicamentos o productos de higiene, los cuales se comercializan a precios impagables para el trabajador común, tanto en la red de abastecimiento estatal como en la pequeña economía privada. Sin embargo, la gran mayoría de los pensionados no pueden acceder de forma regular a esta redes, pues sus magros ingresos, solo alcanzan para pagar algunos de los pocos productos subsidiados por el Estado, los cuales “aseguran” un nivel de subsistencia básica por unos pocos días al mes.
Otras causas inciden en la depauperación progresiva de la calidad de vida de las personas mayores entre las que se pueden mencionar, el deterioro de los servicios públicos, el aumento de la criminalidad y la violencia, la escasez de medicamentos, el déficit crónico de servicios de atención y cuidados provistos por el Estado, la falta de oportunidades para generar ingresos adicionales para aquellos que pueden ejercer alguna actividad laboral acorde con su condición física y mental, la persecución y criminalización del trabajo informal y otros factores.
Desde este punto de vista se puede hablar también de marginalización económica del adulto mayor en la sociedad cubana. Esta situación es una señal clara del colapso de los mecanismos institucionales de protección social para una población que envejece rápidamente. Por tanto, el abandono económico e institucional empuja a miles de ancianos a sobrevivir como pueden: vendiendo lo que encuentran o, en los casos más extremos, pidiendo limosna en las calles o recolectando desechos en los basureros urbanos.
Con un aumento de la población adulta mayor al 25,6 %, según los últimos datos de la ONEI, las estructuras institucionales de apoyo —desde las pensiones hasta los servicios asistenciales— no se han ajustado para enfrentar este escenario. De hecho, algunas prácticas cotidianas de las autoridades perjudican de manera especial a aquellos adultos mayores que, sin más opción, han tenido que dedicarse a la economía informal de forma esporádica o permanente.
Algunos de ellos venden jabitas de nylon, cigarros, tabaco, periódicos, dulces y objetos usados que encuentran en los basureros o que reciben como donación: zapatos gastados, ropa, cepillos, artículos de tocador, libros o herramientas deterioradas. Otros realizan pequeños trabajos de fuerza: cargan sacos, empujan carretillas o transportan mercancías por encargo. Estas son actividades precarias, no reguladas, mal pagadas, y muchas veces incompatibles con su estado de salud.
La mayoría de los adultos mayores en estado de vulnerabilidad o abandono dependen completamente de sus familias —cuando las tienen— o de la caridad pública. Pero en un país donde la inflación y el desabastecimiento afectan a toda la población, esa ayuda también es insuficiente y muchas veces no llega, por lo que la persona mayor debe recurrir a la limosna o dádiva pública.
La escena cotidiana de personas mayores pidiendo limosnas en plena calle refleja un deterioro sistemático de los derechos fundamentales. La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores —que Cuba no ha ratificado— establece estándares mínimos que hoy, en la práctica, no se cumplen aunque se encuentren oficialmente reconocidas en la ley: acceso a la salud, a la seguridad social, a una vida libre de violencia, a la participación comunitaria, a la alimentación y a condiciones de vida dignas.
En la práctica, lo que existe es una naturalización del abandono. La limosna se convierte en el último recurso, una imposición forzada por la falta de alternativas, pero tampoco es una solución. Apenas alcanza para sobrevivir unas horas, mientras agrava el estigma social y refuerza la idea de que estos ciudadanos ya no “producen” y, por tanto, no merecen atención. De hecho, aun hoy día se observa algún rechazo público a estas personas que no tienen más opción que pedir la caridad de sus conciudadanos.
Otro tanto ocurre con aquellos adultos mayores que deben dedicarse al trabajo informal, los cuales, en ocasiones, son víctimas de un mayor prejuicio, incluso que los que viven en situación de calle. Una parte de la responsabilidad la tiene la persecución del Estado contra estas personas, la que se traduce en actos de acoso y hostigamiento por parte de la policía. Uno de los más recientes casos viralizados en redes sociales, fue reportado por canal de noticias independiente Noticias Cubanet Cuba (1). El video se titula: Policía quita todo y arresta a una abuela por vender refrescos y cuenta con una descripción que dice: “En pleno corazón de La Habana, en el Parque El Curita, una anciana fue arrestada, multada y despojada de su mercancía por la policía cubana. Su “delito”: vender paquetes de refrescos para ganarse la vida” (2).
En el video se observa un operativo policial para decomisarle algunos productos a una anciana que, según comentan algunos presentes en el incidente, ronda los 80 años. Los productos consistían principalmente en refrescos. En la sección de comentarios las opiniones de diversos usuarios no se hicieron esperar:
“Lo que tienen que mirar no lo ven: La miseria y necesidad qué hay en el país entero”.
“Que abuso con tantos delincuentes que hay en la calle y vendedores de químico, asaltantes, que matan por quitarte un teléfono a eso es los que tienen que meter presos”
“A eso es lo que yo llamo: BLOQUEO INTERNO”
“Esta es la Cuba que dicen que es de los humildes por los humildes y para los humildes”
“Ellos están para el trabajo fácil, porque no se ponen para los bandoleros mafiosos peligrosos que andan en las calles con droga y sabe Dios cuantas cosas malas, es una lástima que no hagan lo que realmente deben hacer”.
Como parte del monitoreo que realiza Cuido60, entrevistamos a tres personass mayores, dos de ellos en situación de desamparo, obligados a pedir limosna en la calle y uno que realizaba trabajos informales, en este caso vender jabas, cigarros y alguna prenda de vestir de segunda mano.
Alberto, que lleva unos cinco años sin asistencia de ningún tipo y precisa de la caridad de cuanto transeúnte esté dispuesto a ayudarlo nos confiesa:
“Yo sí te puedo decir que a mí no me gusta estar haciendo esto, si tuviera otra opción, no lo hacía, pero no tengo otra. (…) Si a mí me dan una ayuda yo no salgo más a la calle, pero nada… Lo que necesito es ayuda de comida, de dinero y de lo que se pueda porque no hay como seguir con lo que se gana de chequera. (…) A veces viene el jefe de sector y me dice que me tengo que quitar de aquí porque interrumpes el paso del público. Pero qué paso voy a interrumpir si aquí hay quien pone música alta y se pone ahí adelante con cuatro bafles y no pasa nada, y está el que se parquea aquí en el medio y nadie le dice nada. (…) Si molesta que uno pida que le den a uno lo que hace falta, para no pedir”.
Fecha de publicación: 16/07/2025

Alicia tiene 78 años, tiene una visible deformidad de columna y cadera y confiesa que a ella le da vergüenza pedir, pero la limosna le da la posibilidad de comer al menos una vez al día, en sus propias palabras:
“Yo estoy aquí desde anoche porque me tiré a dormir ahí [un portal público] y como vivo lejos y no hay guagua… Si me voy ahora mismo con lo que tengo no me alcanza para nada… ¿Cuánto vale una piza o una barra de pan? No alcanza nada de nada y yo no puedo trabajar por la columna, ni tengo quien me ayude a nada. Hace dos años que no me pagan la pensión de mi esposo por un problema en el Ministerio del Trabajo que se perdió un documento y entonces una sobrina me ha estado ayudando, pero ya se fue para Oriente y no tengo quien más me ayude, mis vecinas están igual. Yo ya he ido más de vente veces al gobierno y no me resuelven nada, me llaman a alguien que dice que venga luego y voy y pasa lo mismo y así… aunque me da pena pedirle a la gente que sé que están igual, tengo que hacerlo para comer.”
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Peña es un jubilado del Ministerio de la Agricultura, durante mucho tiempo sembró y cosechó cuanto cultivo se manejaba en la zona agraria del oeste de la ciudad. Ahora trabaja vendiendo algunos artículos que consigue o que le dan para que revenda. En una esquinita del banco donde se sienta tiene bolsas de nylon a 10 pesos cubanos, dos cajas de cigarros y una gorra usada sobre la que dice:
“…El que me dé cualquier cosa por ella se la doy; esa me la trajo una amiga pero es que el dinero hace más falta ahora. A la javita lo que se le saca es un peso y los cigarros no son míos, se los pongo aquí a una viejita de al lado de la casa que los coge para venderlos y tiene que fumar tabaco por el vicio. (…) Hoy he vendido unas 20 javitas nada más, eso no alcanza ni para una bolita de pan y no me puedo ir hasta que haga cien pesos lo menos, porque este es mi trabajo ahora. (…) Cuando viene la patrulla recojo todo rápido, lo meto aquí atrás, igual que los inspectores porque te quitan los cigarros para venderlos o para fumárselos ellos, si te ´caen arriba´ no te dejan nada y se lo llevan y ya. Hay días que puedes vender hasta 300 pesos en javitas si hay feria o si sacan algo en la placita, pero otros, como hoy, no se vende casi nada (…) Si pasa alguien y me deja cualquier cosa se la vendo y me da algo y así voy tirando, con lo que aparece. (…) Si no hago esto no puedo comer ni comprar medicinas.”
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La calle en Cuba refleja lo que no cuentan los medios oficiales ni la narrativa de la “resistencia creativa”, que romantiza la pecrariedad e intenta normalizar el abandono. La respuesta a esta policrisis no puede ser individual, asistencialista ni temporal. La solución debe ser estructural, profunda, abarcadora. Se requiere con urgencia una reforma del sistema de pensiones, de las políticas públicas de cuidado, de la estructura de subsidios para medicamentos y alimentos, y una red comunitaria que permita a las personas mayores participar activamente en la vida social, tomando decisiones sobre su propio bienestar y teniendo la capacidad de ejercer presión sobre los mecanismos del Estado.
Se trata de integrar, de reconocer el valor de la experiencia y la historia de cada uno de ellos, pero es urgente un programa de ayuda que pueda acoger a todo el que lo necesita de forma gradual y proactiva. Ignorar esta crisis es también una forma de violencia. Significa perpetuar el abandono, olvidar el sacrificio humano, quitarle el sentido al esfuerzo y a una vida de trabajo. ¿Qué mensaje se manda entonces a las nuevas generaciones? ¿Quién querrá trabajar por el porvenir de un país que lo va a desechar como a un objeto cuando ya no tenga utilidad? También son preguntas sobre las que vale la pena reflexionar.
(1) Noticias Cubanet. (2025) “Policía quita todo y arresta a una abuela por vender refrescos” Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=sJYd2F8xHKg&list=PLlFmInRjaDDRJgBhMUN3PWkYEpMjGrBD9&t=23s
(2) Noticias Cubanet. (2025) “Policía quita todo y arresta a una abuela por vender refrescos” Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=sJYd2F8xHKg&list=PLlFmInRjaDDRJgBhMUN3PWkYEpMjGrBD9&t=23s
