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De un cojín a las lágrimas: país en construcción

  • Claudia Bernal
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Por: Claudia Bernal


Hace un rato salía de una reunión familiar y vi este cojín de “Clandestina” en la sala. No me resistí a la tentación de hacerle una foto porque conecté con lo que ahí vi.


Acabo de recibir la llamada de un amigo que se va de Cuba. Es de esos amigos que he conocido en los últimos tiempos—de los que llegan como llegan las señales cuando uno ya aprendió a despedir—porque me ha tocado despedir familia y amigos desde hace mucho. Y, aun así, con aquello de que “nada es perfecto”, he intentado abrirme a conocer gente nueva, nuevos amigos. No para sustituir a los que están lejos, porque en el corazón hay lugar para muchas personas especiales… solo que ya hasta los amigos nuevos, hasta los más recientes, se están yendo.


La semana pasada uno de los mejores amigos de mi mamá despidió a su hija. Ayer vi en un estado que un conocido cumplía un mes de haber emigrado. Todos jóvenes, llenos de sueños que no caben en una maleta: cargados de recuerdos y de deseos incumplidos. Y como ellos muchos amigos y familia que estudiaron, que trabajaron duro, y aun así no han visto futuro en la tierra que los vio nacer. Llevan años intentando permanecer, pero esos años—sin avisar—se han llevado la resistencia.Y veo también a los mayores: los que ya no tienen las fuerzas de los jóvenes. Se les parte el alma ante la posibilidad de emigrar, entre los que se fueron y los que se quedaron; entre lo que construyeron con tanto trabajo y lo que les espera, con suerte, para vivir con dignidad los próximos años.


Entonces vuelvo a mirar las letras del cojín a través de la foto: “¿Nada es perfecto?” No, esas no. Las más pequeñas… las chiquiticas… las que dicen “país en construcción”. Como si el tamaño de la tipografía pudiera disminuir la inmensa destrucción que vive este lugar tan pequeño y tan grande a la vez.


Una destrucción que va más allá de lo que se ve: la destrucción de las personas, de las almas, de lo sano; de lo que, siendo imperfecto, pudo haber sido mejor de lo que es. De las relaciones, de las familias, de los amigos. De las confianzas y las seguridades. De los amores, de las confidencias, de lo sagrado y de lo que parecía—y a veces aún parece—indestructible.


Y siento como las lágrimas corren por mi rostro sin poder detenerlas una vez más. Sé que son una mezcla agridulce de tristeza con alegría ante la noticia recibida. Porque mis deseos son los más lindos para los que parten, pero se me rompe en mil pedazos el alma de seguir despidiendo a los que quiero y duele.


Conozco ya de tantas veces este sentimiento, sé también que se repetirá nuevamente.Y sin embargo, incluso en medio de todo, siento la inmensa certeza de que todavía se puede construir. Este país necesita urgente construirse desde lo más profundo, sanar dolores, cicatrizar heridas, perdonarse y aprender a perdonar. Para luego—paso a paso—poder levantar algo más firme sobre las cenizas del presente.


Porque si “país en construcción” significa algo, es esto: que la historia no termina donde más duele. Que siempre tenemos la posibilidad de volver a sostenernos, de perdonar, de mirarnos sin perder la fe, y de seguir hacia un futuro mejor.


Y creer, con el corazón cansado pero vivo, que aunque “nada es perfecto”, la esperanza que permanece nos devolverá más momentos para reencontrarnos y construir en conjunto con los que amamos.



 
 
 

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