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Contra toda desesperanza

  • Claudia Bernal
  • 4 mar
  • 2 Min. de lectura

Por: Claudia Bernal


Esquina tras esquina, los basureros cierran las calles y roban las aceras. Despierto de madrugada y dentro de casa se respira el olor a quema de basura. Al salir temprano, las calles están llenas de personas desesperadas por llegar a sus destinos y apenas hay transporte.


La ciudad parece cubierta por una espesa niebla, pero no lo es: es humo maloliente que asfixia, provoca tos y alergias y daña a personas y animales por igual. Al llegar al trabajo, una plaga de moscas me envuelve; hace semanas que el basurero de la entrada—que ya abarca casi dos cuadras—no es recogido. A la basura se suman los animales sacrificados que dejan en el parque y ese olor a carne podrida mezclado con desechos me hace intentar no respirar.


Paso el día tratando de transmitir esperanzas a todos los que llegan. Por encima de las carencias, los dolores derivados de virus -autodiagnosticados por falta de exámenes diagnósticos-, la ausencia de medicamentos, las largas jornadas sin electricidad, las semanas sin ver entrar una gota de agua en las casas, el no saber qué poner en la mesa o cómo cocinar los alimentos; muchos necesitan de esa esperanza.


Escucho a una amiga que cada día sube diez pisos para llegar a su casa y que no sabe si tendrá corriente al llegar. La “revolución energética” la dejó dependiente de la electricidad. Sin energía eléctrica y sin gas se hace casi imposible elaborar los pocos alimentos que consigue. Eugenia, una señora que conozco, me dice que su hijo ha comprado carbón a 2000 pesos cubanos. Con la compra se va su pensión. Ahora que ya tiene el carbón, le falta el alimento.


Otra amiga, Teresa, me habla del nonó, aserrín apisonado para poder cocinar, y me dice cómo el humo tan fuerte que desprende dentro de su pequeño apartamento está afectando su salud. Es la alternativa que ha encontrado, pues cada día comprar carbón se vuelve más caro e inaccesible para ella. Se apena de ver el techo, de puntal bajo, tiznado por usar carbón en ocasiones. Me dice: después de usar inducción y gas, hemos vuelto a la edad de piedra.


Oscurece en la ciudad y apenas hay movimiento: la oscuridad, la basura, el humo y el mal olor enferman el alma, la mente y el cuerpo de sus habitantes. Parece que todo es negativo, que no hay espacio para las luces y los sueños. Aun así, hay quienes sueñan y buscan ser luz contra toda desesperanza.


Cierro la jornada con la certeza de que la oscuridad no define a la ciudad, sino la forma en que respondemos a ella. Si bien la niebla, el humo y la falta de recursos parecen insoportables, cada gesto de solidaridad, cada vez que alguien comparte un alimento, una palabra de aliento o una mano para aliviar una carga, mantiene viva una chispa de posibilidad. 


Entonces pienso que no todo está perdido: llegarán días en que las calles recuperen su pulso, el aire sea respirable y las mesas vuelvan a llenarse de alimentos, de risas y de familias que se abrazan. Mientras tanto, me acuesto pensando: ¿qué puedo hacer desde mi espacio para seguir luchando contra toda desesperanza?



 
 
 

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