Donde se ve el mar, lo siento en mi corazón
- Claudia Bernal
- hace 3 días
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Por: Claudia Bernal

Dicen que en Madrid no se ve el mar. Que muchos cubanos, acostumbrados a esta ciudad tan bañada por las aguas del mar Caribe, se sienten a veces desorientados porque lo buscan y no logran adaptarse a su ausencia.
El mar es mi lugar favorito en el mundo. A veces solo necesito mirarlo, sentir las olas, que el viento suave acaricie mi rostro y me haga creer—como si fuera cierto—que todo estará bien.
A veces también es en el mar donde encuentro respuestas. Si me ves con la mirada puesta en la espuma que rompe en la orilla, ten seguro que estoy dando vueltas a más de una cosa en mi cabeza. Y es muy probable que, cuando me levante de allí, ya tenga respuestas.
El mar, mirar al horizonte, me acerca a los de la otra orilla. Me conecta con los que amo y, por segundos, siento que podemos tocarnos con las miradas: con los ojos cargados de lágrimas saladas, como esas aguas que son una, por más que intenten separarlas.
En el mar también hace casi cinco años despedí a mi prima. No pude estar allí presencialmente: era la pandemia y habían pasado solo ocho días de tener a mi niña. Pero a través de una videollamada vi cómo ese mar que ella tanto amaba se volvía uno con sus cenizas. No hay día en que vea el mar y no la piense. No hay vez que no sienta que vive en cada ola y en cada grano de sal que toca mis labios.
El mar que miro y pienso en tantos que han quedado en sus aguas huyendo de tanta miseria, buscando alcanzar sueños. El mismo mar que también ha sido camino para que llegaran a alcanzarlos otros tantos.
A veces, cuando siento que me cuesta respirar—que me ahogo, que no puedo con todo—cambio mi rumbo y manejo por el malecón. No importa el sol o salpicarme con las olas que brincan el muro: es como si él supiera que necesito de su roce para mejorar, para aliviar las tormentas internas y abrirle paso a la paz.
El mar también me regala la alegría de ver a mis hijos disfrutar correr por su orilla, bañarse en sus aguas, querer atrapar el atardecer en la cámara para inmortalizar las paletas de colores que ahí surgen. Estoy segura de que pocos han podido reproducirlos con exactitud. Me he vuelto coleccionista de esos colores, de esos atardeceres, de las nostalgias y la paz que me traen. Un atardecer en el mar es un regalo inmenso.
Cuando pienso en estar lejos de este mar, el pecho se me aprieta. Ha sido testigo de tantos momentos importantes para mí: alegrías y tristezas, decisiones e impulsos, amores y dolores. No puedo ser yo donde no le vea, donde no le sienta y donde no le tenga.
Sé de alguien a quien quiero enormemente y hoy hace un año exacto que no le ve, sé cuanto lo extraña, porque compartimos ese amor por el mar nuestro.Léeme y créeme cuando te digo: Quizás en Madrid y en muchos lugares no haya mar para ver, pero no pierdas la esperanza: siempre queda una forma de volver a él. Tal vez no sea hoy ni sea igual, tal vez haya que esperar, buscar, adaptarnos… pero sé que el mar no es solo un lugar en el mapa. Es una manera de respirar, una promesa de calma, una luz que regresa cuando todo pesa demasiado. A esa esperanza me aferro.
Solo pido a Dios que no tengamos que seguir optando por estar lejos de este, el que me vio nacer; que podamos encontrar la manera de mirar el horizonte y recordar que también aquí—en medio de las olas de la vida—todo puede volver a estar bien.




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