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Nosotros, los sobrevivientes

  • Foto del escritor: CUIDO 60
    CUIDO 60
  • hace 5 días
  • 3 min de lectura

La vejez no es solo el paso del tiempo sobre el cuerpo; es el momento en que el tiempo te cobra la deuda de haber cuidado, de haber construido, de haber estado. Pero cuando quien cuidó queda solo, cuando la mano que tendió se retira vacía, entonces la vejez se vuelve un exilio silencioso. Desde ese exilio: sin agua, sin luz, sin quien conteste el teléfono; nace este testimonio. No es un lamento, es una denuncia. La historia de quien ya no pide ayuda porque aprendió que pedirla duele más que no tenerla, porque ya no encuentra a quien pedirla. Esto es lo que ocurre cuando una sociedad olvida que la vejez no es una carga, sino un espejo donde todos nos veremos algún día. Un testimonio desgarrador de soledad, abandono y lucha por sobrevivir en medio de una situación estructural que agrava la dependencia de muchas personas mayores en Cuba.


“Para tu investigación sobre nosotros los ancianos, los vulnerables, los abandonados a morirse, te cuento que ya no tengo a quién pedirle ayuda porque la gente simplemente no me responde; mi sobrino me cuelga el teléfono. Estoy hablándote de la deshumanización que, lógicamente, se instaura en un momento tan crítico como este. Sabes, lo más terrible es la peste… como no tengo agua hace no sé cuántos días, más de veinte, pues tengo una habitación llena de bolsas de basura, porque por poco que uno coma produce basura, papeles del baño y tal. Así que tengo una habitación en la que cuando entro tengo que combatir a las moscas. Dos: no tengo agua que tomar ni voy a tener; por eso me oyes la voz tan simpática, porque la persona que me iba a traer no me va a traer. Resultó que me dio una conferencia de prensa acerca de que yo tenía que resolver mis propios problemas. Es un muchacho que ahora tiene 41 años y que en su momento yo ayudé. Este es el punto de la deshumanización. Como entró Guiteras (la termoeléctrica), quizás entre agua en algún momento, quizás. La otra acera tiene agua porque ellos abrieron un hueco en la calle y ya. Yo estoy en un primer piso. No la tengo. El punto tres son las instancias y niveles: la médico de la familia es de esas que aprobaron por estadísticas, no me ha visto nunca y no distingue entre sarcopenia y sarampión. Así que cuídate mucho, porque esto está muy feo y mi índice de supervivencia es cada vez más bajo.


En mi opinión lo que más nos afecta a nosotros, los sobrevivientes, es la incertidumbre, o por lo menos a mí, no sé si voy a tener qué comer, no sé si me voy a poder lavar las manos, lo cual es horrible porque estar con las manos sucias y el cuerpo sucio con este calor, sudor arriba de sudor, es simplemente atroz. Uno se acostumbra a todo, en el “especial” (Período especial) nos acostumbramos. Uno se acostumbra a que ahora el apagón es de 36 horas, pero es por la noche y ya no son 36, son 10 horas más. Uno se acostumbra a que viene la luz y se rompe Guiteras, uno se acostumbra a todo, pero en una situación como la mía; que estoy presa en un piso del cual no puedo bajar y donde todo mi sistema de referencia desapareció, es mucho más difícil. He llegado a la conclusión de que tengo demasiados problemas de salud para permitirme preocuparme por cosas que simplemente no puedo resolver.” - María Diaz

Leer estas líneas deja la sensación de un abandono tan real e inmenso que duele hasta el extremo. Hay un umbral de la dignidad que no debería cruzarse jamás. Habitar la propia vejez acumulando bolsas de basura en una habitación, peleando con las moscas, escuchando un discurso vacío de quien un día recibió tu ayuda y ahora es indolente ante la necesidad, no es sobrevivir: es derrumbarse en cámara lenta. La incertidumbre de no saber si habrá agua mañana, si la luz llegará o si el cuerpo aguantará una noche más, se convierte en un paisaje cotidiano que normaliza lo inaceptable. Tristemente es la realidad cruel que viven tantos ancianos en Cuba. Es la advertencia de que la deshumanización no es un accidente aislado en medio de esta sociedad, sino una normalización colectiva de la muerte y del olvido. Que este testimonio no quede en el olvido, sino que nos interpele, nos duela y nos mueva a estar, aunque sea, un poco más presentes.


 
 
 

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