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Un poco de humanidad

  • Foto del escritor: Yulieta Hernández Díaz
    Yulieta Hernández Díaz
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Por: Yulieta Hernández Díaz


Hoy viví, y mi esposo también, dos historias distintas. Pero en realidad son la misma historia. La historia de miles de ancianos cubanos que cada día enfrentan no solo la pobreza, sino también la indiferencia.


Mi esposo fue hoy al banco. Allí había una señora mayor, de esas que perfectamente podrían ser nuestras abuelas. Estaba con un dolor de muelas insoportable y con un brazo fracturado sostenido por un cabestrillo, porque ni siquiera había yeso para inmovilizarlo.


Aun así hizo su cola, soportando el dolor en silencio.

El mes pasado no pudo cobrar su chequera porque la caída que le provocó la fractura se lo impidió. Hoy fue a cobrar las dos chequeras acumuladas. Eran apenas 4 400 pesos de dos meses de pensión. En la caja solo le pagaron una y le dijeron que debía regresar al día siguiente porque no tenían autorización para pagar dos chequeras en un mismo día.


Se fue con apenas 2.200 pesos. Se fue llorando. Llorando de dolor, de impotencia y de rabia.

Mientras tanto, yo estaba en el Carné de Identidad. Allí conversé con varios ancianos que hacían cola para obtener una certificación indispensable para poder cobrar su chequera. Nunca hubo electricidad durante toda la jornada. Personas que llegaron antes del amanecer esperaron hasta las cuatro de la tarde sin que apareciera la conexión.


Cuando ya me iba, llegó otra abuelita. Venía caminando desde más de diez kilómetros. Pensó que yo trabajaba allí porque la ayudé a subir las escaleras. La acompañé hasta la ventanilla para que pudiera preguntar, porque los trabajadores, ya cerca de la hora de irse, no querían responderle sus dudas.


Tuve que interceder por ella.


La respuesta fue que regresara mañana... o pasado... o las veces que hicieran falta, hasta que hubiera electricidad.


Entonces la abuelita rompió a llorar.


Me contó que llevaba varios meses sin poder cobrar su pensión. Que ya no tenía fuerzas para seguir regresando. Que prácticamente no había comido.


Le di un poco de dinero para que pudiera comer y regresar mañana. No quería aceptarlo. Lloraba de vergüenza. Me costó convencerla. Solo le dije que, si volvía al día siguiente, yo la ayudaría con la cola.


No escribo este post para señalar a una institución en particular. Ya hace mucho perdí la esperanza de que eso cambie algo. Por eso ni siquiera voy a mencionar cuál banco era ni qué oficina del Carné de Identidad fue.


Escribo esto para hacer un llamado a la sensibilidad y a la humanidad.

La inmensa mayoría de los cubanos la estamos pasando muy mal. Más del 90 % de la población, más de ocho millones de personas, vive hoy en condiciones de pobreza o miseria. Y precisamente por eso necesitamos ser mejores entre nosotros.


Nuestros ancianos, la mayoría no tienen Internet, muchos no tienen familia.


Una palabra amable no cuesta nada. Ceder un turno puede aliviar el sufrimiento de alguien. Escuchar, explicar con respeto, buscar una solución cuando está en nuestras manos... eso también salva un poco la dignidad de las personas.


Si aquella cajera hubiera actuado con un poco más de humanidad, estoy convencida de que esa señora no habría tenido que regresar al día siguiente. Si en la oficina del Carné hubieran pensado primero en la persona y después en el trámite, quizás habrían podido tomar los datos de esa abuelita y decirle exactamente cuándo debía volver, en lugar de obligarla a caminar kilómetros una y otra vez.


No siempre podemos cambiar un país.
Pero sí podemos decidir cómo tratamos a quien tenemos delante.

Seamos más humanos. Seamos más sensibles. Ayudémonos unos a otros, incluso cuando nosotros mismos estemos sobreviviendo. Porque en estos tiempos tan duros, a veces, el acto más revolucionario es simplemente no perder la capacidad de sentir el dolor ajeno.


 
 
 

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