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Multiplicar

  • Claudia Bernal
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Por: Claudia Bernal


Llevo unos días en los que mi cuerpo siente que no puede con su propio peso. No sé si son los trajines diarios sumados a la carga de trabajo, o si realmente he vuelto a capturar otra variante de virus que me hace sentir que desfallezco.


No obstante, no me dejo vencer. Estuve en cama una mañana. No recordaba lo que era dormir hasta casi las dos de la tarde, porque las fuerzas no me daban ni para apartar las sábanas. Después de eso, trato de levantarme y cumplir con los propósitos del día. Creo que, si lo pienso bien, desde que en octubre primero el oropouche y luego el chikungunya invadieron mi sistema inmune, no he vuelto a ser yo. Una nueva versión de mí es la que cada mañana desafía los dolores, las ganas de seguir arropada, y se enfrenta a lo que tiene por delante.


Ayer fue uno de esos días en los que no sabía cómo levantarme, pero quería estar en Abrazos del Alma, ese espacio que, desde el Centro Loyola, se va volviendo habitual, pero no deja de tocarme la fibra más íntima. Llegar y verlos allí, esperando una mañana diferente, sintiéndome dichosa por todo lo que tengo con solo ver sus caras.


Reconocí algunos rostros de espacios anteriores, también reconocí sus ropas más holgadas, sus caras más alargadas, y me dio tristeza. Traté de remendar el sentimiento y me puse a ayudar en lo que hiciera falta. Mientras afeitaba a un señor, pensaba en cuánto hacía que no recibía un gesto de cariño. Me decía: «¡Está dura mi barba! ¡Cuesta quitarla!». Pero por dura que fuera, yo trataba de convertir ese rato en una caricia que le llegara. Como quien quiere transmitir con un gesto simple un «te sostengo» y un abrazo.


Recibir una donación de ropas y zapatos que tanto necesitan, clasificar, entregar, verlos sonreír e ilusionarse con piezas usadas, pero que fueron entregadas por almas nobles que comparten de lo que tienen para ayudar a esos que pocos miran.


Salir con miedo a un barrio popular y de mala fama a entregar un combo que han armado unos chicos emprendedores. Su negocio estuvo abierto y tuvo que cerrar para hacer reestructuraciones. Pienso en que abren próximamente, y aunque aún no han arrancado, ya quieren ayudar a quien no tiene a nadie. Preguntando hasta llegar a la calle de la señora, llamamos a su vecina, que ha sido puente de amor y contacto, que no dice cuánto ella o su tío enfermo de cáncer necesitan, pero busca ayuda para la señora sola. Mientras esperamos, llueven piedras que se lanzan unos muchachos. Llega la vecina y nos cuenta que la señora acaba de pasar un mal rato: uno de esos compradores de plata y oro ha intentado asaltarla. Sí, porque engañar a una persona mayor, desvalida y sola, ofreciendo menos de lo que vale su recuerdo preciado, o incluso romperlo, es asalto, es abuso, es penado.


Aun así, cuando entramos, encuentro paz en su espacio. Está delgada, pero percibo su dignidad, su fuerza en medio de lo débil, de lo que ha pasado. Los chicos le entregan cuanto han llevado, algo apenados porque sienten que es poco; no tienen idea de cuánto han dado. Se emociona por la leche, se compara con un niño y lo agradece tanto. Yo agradezco porque en una mañana he visto tantos gestos, he abrazado aun sin contacto. Y agradezco, más yo, por poder ser parte, por estar, por la sensibilidad que me rompe y me construye a la par con sentimientos encontrados.


De regreso, pienso en la frase que nos dejó antes de marcharnos de su casa limpia, con ese verde en sus plantas que llena de vida cada rincón de su santuario: «Lo que dedicadamente se da, dedicadamente vuelve». Y nos aclara: «No es tal cual, pero es de José Martí». Esas palabras me han dado vueltas hasta hoy. Busco la frase y lo más cercano que encuentro es en el poema «Dos rosas»: «Quien todo lo da por ellas, ellas se lo vuelven a dar».


Y aunque sé que no es idéntica, y aunque admiro profundamente la obra martiana, me quedo con la dulzura en la voz de aquella señora, con la frase dicha con sus palabras, con su sentir. Porque eso es lo que vivo a diario: no doy esperando recibir, pero siempre recibo multiplicado. No hay nada más hermoso que dar sin esperar nada a cambio y, cuando menos lo esperas, todo regresa, multiplicado.


Dichosa soy, porque aun dando, recibo. Porque lo multiplicado me ensancha el corazón. Porque en medio de esta realidad tan dura, la esperanza se cuela en gestos simples que calan hondo y llegan justo a donde tienen que llegar. Que sepamos siempre dar amor, entregar sin medida y, sobre todo, multiplicar alegrías.


Porque, dar no nos vacía: nos llena. Y lo que sembramos con ternura, vuelve siempre, de alguna forma, convertido en luz. Esa luz, esa que se enciende en una sonrisa, en un abrazo sin contacto, en una barba afeitada con cariño, en la leche que emociona a una anciana, en la ropa usada que se vuelve tesoro para tantos, en quien entrega o se entrega aun cuando necesita para si mismo: esa luz es lo multiplicado.



 
 
 

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