Cuando los abuelos crían otra vez. El amor que no descansa
- Liz Girasol
- 16 abr
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Por: Liz Girasol

Quiero hablar de una realidad que crece en silencio, en cada barrio, en cada edificio de Cuba. No es nueva, pero cada vez pesa más. Es la de los abuelos que crían otra vez. No a sus hijos —que ya están grandes, que se fueron— sino a los hijos de sus hijos. Los que quedaron. Los que esperan.
Detrás de esa imagen del abuelo sentado en el portal, con el nieto en las piernas, hay una historia que no siempre se cuenta. La del padre o la madre que emigró. La del hijo que se fue a "abrir camino" y dejó al niño al cuidado de los que ya no tienen fuerzas para correr detrás de una pelota, pero sí para madrugar, para hacer mandados, para hacer la comida, para llevar a la escuela, para velar en las madrugadas de fiebre, para contener el llanto cuando el niño pregunta por mamá o papá y la respuesta es un "ya van a volver" que ni ellos mismos creen del todo.
En Cuba, más del 21% de la población tiene 60 años o más. No es un número menor. Y mientras los ancianos aumentan, también lo hacen los niños que se quedan. El Código de las Familias reconoce el rol fundamental de los abuelos en la transmisión de valores y en las labores de cuidado, pero la realidad es que muchos de ellos asumen esta responsabilidad en condiciones de gran vulnerabilidad, con recursos limitados y con un desgaste que pocos ven.
Cuando la migración deja a los niños, no es un fenómeno nuevo, pero en los últimos años se ha acelerado. La crisis económica, los apagones, la escasez, la falta de perspectivas… todo eso empuja a los jóvenes a buscar horizontes fuera. Y los que se van no siempre pueden llevarse a los hijos. No hay papeles, no hay estabilidad, no hay casa. Así que los niños se quedan. Con los abuelos. Con los tíos. Con los vecinos. Con quien pueda y quiera. Y esos niños, que ya están viviendo el duelo de la partida de sus padres, tienen que adaptarse a una nueva dinámica familiar. No es que no quieran a los abuelos. Los aman. Pero el vínculo no es el mismo. Y la ausencia de los padres deja una huella que no siempre se ve, pero que está ahí, en las pesadillas, en los cambios de humor, en el rendimiento escolar, en esa tristeza que los niños no saben nombrar.
No es que los abuelos no cuiden bien. Es que el niño necesita a sus padres. Y esa ausencia, aunque se intente llenar con amor, deja un vacío. Los abuelos, por su parte, asumen un rol que no pidieron. Ya criaron a sus hijos. Ya dieron su parte. Ahora, en vez de descansar, de disfrutar de una vejez tranquila, vuelven a la carga. Con menos energía, con más achaques, con una jubilación que no alcanza ni para los gastos de la casa, y ahora tienen que estirarla para dos.
No todo es negativo. Hay cosas hermosas en esta dinámica, y hay que nombrarlas también. Los abuelos suelen ofrecer un entorno más tranquilo, menos estresante que el de unos padres jóvenes agobiados por el trabajo y las presiones económicas. Hay más tiempo, más paciencia, más presencia. Son la memoria viva de la familia: cuentan historias, enseñan refranes, mantienen vivas las tradiciones. La relación abuelo-nieto es especial, tiene menos presión, más ternura, más complicidad. Y para muchos adultos mayores, cuidar a sus nietos les da una razón para levantarse cada día, los mantiene activos, necesarios, vivos.
Pero no podemos romantizar lo que duele. Hay que hablar claro. Cuidar a un niño pequeño o a un adolescente requiere energía, y los abuelos no siempre la tienen. El cansancio se acumula, y con él, la irritabilidad, la ansiedad, la depresión. La jubilación en Cuba es muy baja. Mantener a un niño implica gastos: comida, ropa, útiles escolares, zapatos, medicinas. Muchos abuelos tienen que recortar sus propias necesidades para cubrir las de los nietos. Cuidar a un niño también reduce el tiempo para las relaciones sociales, para el descanso, para el autocuidado. Muchos abuelos dejan de ver a sus amigos, de ir a la iglesia, de participar en actividades comunitarias. Se quedan encerrados en la casa, pendientes del nieto. El estrés crónico del cuidador se asocia con hipertensión, problemas digestivos, insomnio y un mayor riesgo de depresión. Pero el abuelo no puede enfermarse. No tiene quien lo releve. Sigue, aunque el cuerpo pida tregua.
A veces los padres que emigran tienen expectativas diferentes a las de los abuelos sobre cómo criar a los niños. Métodos de disciplina, horarios, alimentación, educación… las diferencias generan tensiones. Y los abuelos, que ya están haciendo un esfuerzo enorme, a veces reciben críticas en lugar de agradecimientos. Y los niños que se quedan extrañan a sus padres. Pueden desarrollar inseguridad, problemas de apego, dificultades para confiar en los adultos. Los abuelos, aunque los amen, no pueden suplir del todo esa ausencia.
No basta con decir "qué bien que los abuelos cuiden a los niños". Hay que verlos. Hay que apoyarlos. Hay que darles herramientas. Las remesas que envían los padres desde fuera deberían cubrir los gastos de los niños, no solo los básicos, sino también los imprevistos. No se puede dejar a los abuelos con la soga al cuello. Necesitan tiempo para ellos: una hora al día, un fin de semana al mes. Alguien que los releve, una red de apoyo vecinal o familiar. Necesitan reconocimiento: que la familia, los vecinos, la comunidad, entiendan el esfuerzo que implica criar otra vez y lo valoren en voz alta, sin que haya que pedirlo. También necesitan acuerdos claros entre los padres migrantes y los abuelos sobre la crianza: decisiones sobre educación, salud, disciplina, y también sobre cómo hablar del ausente, cómo manejar la nostalgia, cómo mantener vivos los vínculos a la distancia. La tecnología puede ayudar, pero no suple la presencia. Y sobre todo, los abuelos también necesitan que los cuiden: chequeos médicos regulares, espacios de descanso, actividades que los saquen de la rutina del cuidado.
Si eres de esos abuelos que madrugan para llevar al nieto a la escuela, que inventan comida con lo que hay, que se quedan en vela cuando el niño tiene fiebre, que contienen las lágrimas cuando el pequeño pregunta por su mamá, quiero decirte algo: Te admiro. Y sé que no es fácil. No eres invisible. Tu esfuerzo importa. Tu cansancio es válido. Pedir ayuda no es rendirse. Busca a otros abuelos en tu barrio, formen una red, túrnense para darse respiros. Compartan información, trucos, lo que les funcione. A veces, saber que no estás solo ya alivia. No descuides tu salud. Tú también necesitas que te cuiden. Y si sientes que la carga es demasiado, habla con alguien: un familiar, un amigo, un médico. No te quedes con el peso solo.
Y si estás en otro país, construyendo un futuro para que tu hijo no pase lo que tú pasaste, no te culpes. Pero tampoco olvides. No olvides que tu hijo crece sin ti. Que los abuelos envejecen mientras lo cuidan. Que la distancia no solo separa cuerpos, a veces separa corazones. Llama. Pregunta. Interésate no solo por las notas, sino por cómo se sienten. Agradece a tus padres. Diles que los quieres, que ves su esfuerzo, que no es en vano. Y si puedes, vuelve. Aunque sea por unos días, aunque sea para abrazarlos. Porque el tiempo no espera. Y los que se quedan, también se cansan de esperar.
Cuidar a un niño cuando ya criaste a los tuyos no es "ayudar". Es volver a empezar. Con menos fuerzas, con más achaques, con menos recursos, pero con el mismo amor o más. En Cuba, donde la migración no da tregua, los abuelos se han convertido en el pilar invisible de muchas familias. Sin ellos, muchos niños estarían solos. Muchos padres no podrían haberse ido a buscar un futuro. Muchas casas se habrían derrumbado.
Hoy escribo esto para que se vea. Para que se nombre. Para que el que cuida sepa que no está solo. Y para que los demás miren un poco más allá y vean a ese abuelo, a esa abuela, que carga con un peso invisible, pero que lo hace por amor. Porque ese amor, en Cuba, también es resistencia.




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