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Cuidar en Cuba. El amor que agota

  • Liz Girasol
  • 16 abr
  • 3 Min. de lectura

Por: Liz Girasol



Existe una realidad silenciosa en muchas casas cubanas: la del que cuida a un adulto mayor. Sin relevo. Sin recursos. Sin respiro.


En mi casa, cuidamos a mi abuela de 95 años. Por suerte, no está encamada ni enferma. Pero aún así, cuidar es una responsabilidad constante, una presencia que no se negocia. La iglesia a la que pertenece nos ayuda cada semana con modestas donaciones de comida. Un pequeño alivio en medio de tanto peso. Aclaro, no escribo para quejarme ni para pedir nada. Escribo para visibilizar lo que muchos viven en silencio.


Cuba envejece. Casi una cuarta parte de la población tiene más de 60 años. Pero mientras los adultos mayores aumentan, lo que necesitan para vivir con dignidad no aparece.

Hablemos claro de lo que falta:


  • Pañales desechables (culeros). Carísimos. Difíciles de conseguir. Muchas familias improvisan con trapos y sábanas viejas. Lavar a mano, todos los días, sin agua y sin corriente estable, es una odisea.

  • Colchones antiescaras. Impagables. Las úlceras por presión son una de las peores complicaciones de la inmovilidad. Sin el colchón, el cuidador tiene que voltear al paciente cada dos horas. También por la noche.

  • Sillas de ruedas. Una básica puede costar cientos de dólares. Sin ella, el adulto mayor queda confinado a la cama o a una silla de plástico. El cuidador carga.

  • Andadores y sillas sanitarias. Difíciles de conseguir. Caros. Muchas familias improvisan con lo que tienen.


La jubilación mínima en Cuba es de 1,528 pesos al mes. Eso no alcanza ni para una bolsa de leche, ni para un paquete de pañales. Los adultos mayores dependen de lo que les mandan sus familiares desde fuera, o de lo que sus hijos —también mal pagados— pueden aportar.


El cuidador, además, muchas veces, tiene que trabajar. No hay opción. Sale del trabajo y llega a la casa a seguir trabajando. No descansa. No se cuida. Su vida gira alrededor de la persona cuidada. Y aunque la ama, también se agota.


Los estudios dicen que el 85% de los cuidadores principales de adultos mayores con demencia son mujeres. Y el 85% de ellos presenta sobrecarga intensa. O sea: el que cuida, se "funde", como decimos en buen cubano. En Cuba, donde no hay relevos, donde la red familiar se ha roto con las migraciones, la sobrecarga es aún mayor.


El cuidador no duerme. Se despierta a cada rato. No tiene tiempo para él. No sale con amigos. No se baña tranquilo. Se siente solo. A veces la familia desaparece. A veces los hermanos viven lejos. A veces los hijos se fueron del país. El peso recae sobre uno solo.

También siente culpa. Culpa por cansarse. Por enojarse. Por desear que termine. Por no poder dar más. Esa culpa, que nadie ve, que nadie nombra, es la más pesada.


El gobierno ha creado un nuevo sistema nacional de cuidados. Es un avance legal. Pero la implementación es otra historia. Los municipios no están preparados. Y mientras los papeles avanzan, la vida sigue pesando.


Si eres cuidador, si lees esto y te reconoces, quiero decirte algo: te veo. Tu esfuerzo importa. Tu cansancio es válido. Pedir ayuda no es rendirse.


Busca a otros cuidadores en tu barrio. Túrnense para darse respiros. Una hora. Dos. Compartan información, trucos, lo que les funcione. A veces, saber que no estás solo ya alivia.


Cuidar a un adulto mayor en Cuba es un acto de amor heroico. Pero no debería ser heroico. Debería ser un acto común, sostenido por recursos que existan, por políticas que funcionen.

Mientras eso llega, los cuidadores seguiremos inventando. Madrugando. Cargando. Aguantando. Y también, soñando con un día de descanso que nunca llega.


Hoy escribo esto para que se vea. Para que se nombre. Para que el que cuida sepa que no está solo. Y para que los demás miren un poco más allá y vean a ese vecino, a esa amiga, a esa hermana, que carga con un peso invisible.


 
 
 

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