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“La ciudad que muere, aun entre los vivos”

  • Foto del escritor: CUIDO 60
    CUIDO 60
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura

Por: Claudia Bernal


Foto: Carlos D. Díaz Montero
Foto: Carlos D. Díaz Montero

Hoy amanecí en el cementerio. Me senté en la escalera de la capilla a esperar a mi mamá, que estaba dentro. Recordé que tenía cosas pendientes por revisar y me di cuenta de dos detalles paradójicos: hay conexión a Internet y dentro del cementerio se siente la vida. 

Hay un silencio que permite escuchar el canto de distintas especies de aves, de algún escobillón barriendo y una voz que canta a lo lejos, algún tipo de alabanza. También escucho a alguien gritar de dolor. Intuyo que ha perdido a alguien muy querido y que el dolor de la partida la ha dejado desolada.


Poco a poco se va acercando el llanto y el pedido de ayuda. Trato de concentrarme en lo que me impulsó a escribir estas líneas y pienso que, en medio de ese campo santo, rodeada de tanta muerte, siento más vida allí que cuando camino por la ciudad de los vivos.


Me vienen a la mente los rostros de tantas personas que cruzo a diario y que vagan como almas en pena. Pienso en tantas personas mayores que caminan lento, con paso pesado, la cabeza abajo, aletargadas. Probablemente preocupadas por seguir sobreviviendo en medio de tanto. También pienso en los que no son mayores pero andan como zombies: el efecto de los químicos en sus cuerpos los ha convertido en muertos vivientes. La enajenación que les ofrece la droga parece ser para muchos la vía para seguir lidiando con el día a día.


Pienso en la ciudad que muere a pedazos: tantos derrumbes, basura por todos lados. Pienso en las despedidas, los abrazos postergados, las lágrimas y los duelos de los que nos quedamos. El aprender a vivir sin parte de la familia, sin conocer a los que nacen lejos, sin saber si volveremos a compartir con los amigos que se marcharon.


Pienso en las soledades que enfrentan tantos: esas casas que se han vuelto silencios, los ancianos que no tienen sustento ni quien les tienda la mano. Pienso en la ciudad en penumbras. También pienso en los que viven fuera de La Habana y ya llevan mucho más tiempo en ese apagón constante y dilatado.


Pienso en que cuando cae el sol casi no existe movimiento. Como si todo se ralentizara y esa vida que llenaba La Rampa, el Coppelia, Obispo, las calles de mi Habana, se esfumara, convirtiendo las noches en una calma extraña.


Me saca de mis pensamientos nuevamente el dolor desesperado y ahogado en gritos de aquella mujer. En nada la tengo frente a mí; me clama ayuda para encontrar la tumba de su hijito. Está en la calle 8, pero no la puede hallar. Se nota que le falta medicación, como a tantos que hoy lidian con dolores y padecimientos sin acceso a medicamentos. Aun así, trato de ayudarla.


En medio de su llanto me pregunta si está linda para ver a su hijo, si se cambia de ropa, aunque viste de negro completo. Me pregunta si creo que su flor dure hasta el día siguiente; me dice que no quiere morir:


—¡No me quiero morir! ¡Estoy viva, estoy viva!

Y ahí regresa el llanto. Se aleja buscando la dirección que le hemos indicado y me quedo pensando en esa mujer, en mi ciudad que muere: en los que la habitamos, en que la ciudad de los vivos —más que esperarme— parece ser la que estoy pisando y no la que me espera al atravesar las puertas.


Al menos ella, la mujer angustiada, en medio de lo inevitable, se aferra a lo único que le queda: el mañana. Espera que su flor siga viva. Y en ese deseo —tan humano, tan frágil— también se me instala una esperanza: que la vida renazca, despacio, iluminando y devolviendo todo lo que hemos ido perdiendo en el camino.



 
 
 

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