La basura, la desidia y el virus que no tiene vacuna
Por: María Guadalupe Mendoza Segade
La basura ya no espera al camión: vive en la esquina. Crece, fermenta, se desborda. Alguien, en algún despacho, decidió con una lógica que nadie ha explicado que los latones sobraban. Y ahora sobran los desechos, faltan los recipientes y abundan las moscas, los mosquitos, los olores que se meten en las casas y en los pulmones. Quiero preguntar en voz alta, porque alguien tiene que hacerlo:
¿Quién decidió quitar los latones de basura?¿Con qué criterio sanitario se tomó esa medida?¿Qué se supone que hagamos los vecinos con nuestra basura: guardarla en casa, tirarla en cualquier esquina, caminar cuadras con ella?¿Y qué pasa cuando el camión no llega, como pasa tantas veces?
Mientras nadie responde, la ciudad enferma. Hay mucha gente con virus que ni se saben qué son. Yo, por ejemplo, llevo una semana con fiebre, decaimiento, náuseas, sin apetito. No sé qué tengo. No sé si alguien lo sabe. Y en ese limbo entre el malestar y la incertidumbre, entre la consulta que no llega y el diagnóstico que no existe uno empieza a entender otras cosas.Porque hay un virus que no se transmite por el aire ni por el agua, y que sin embargo es el más contagioso de todos: la desidia. Y hay otro, aún más peligroso, que se propaga en cada decisión absurda, en cada medida sin fundamento, en cada problema que se deja crecer hasta que se vuelve paisaje: la incompetencia.

Esos dos no dan fiebre, pero la provocan. No dan náuseas, pero las causan. No aparecen en ningún parte médico, pero están detrás de casi todo lo que duele. La basura en la esquina no es un accidente: es el síntoma visible de una enfermedad más profunda. Y a esa enfermedad, hasta ahora, nadie le ha encontrado vacuna.
Dicen que los países se miden por cómo cuidan a los suyos. Entonces hay que preguntarse qué país somos cuando quitamos los latones y dejamos la basura en la calle; cuando un enfermo con fiebre no sabe qué tiene; cuando el vecino se convierte en basurero involuntario y el ciudadano en estadística ausente.
No escribo esto desde la tribuna ni desde el resentimiento. Lo escribo desde una esquina del Vedado, con fiebre, mirando la basura que alguien decidió que era normal. Lo escribo porque callar también es una forma de desidia. Y porque mientras sigamos nombrando el problema, seguimos teniendo algo que no se ha perdido del todo: CONCIENCIA.




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