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La intriga con el final

  • Gertrudis Rivalta
  • 8 may
  • 2 Min. de lectura

Por: Gertrudis Rivalta


Qué extraño es cuando uno va envejeciendo, ¿verdad? Ya no despierta el mismo interés en las personas, se acabaron los coqueteos, las sonrisas instigadoras, la belleza; salen las canas, la gordura, el hastío, el aburrimiento. ¿Qué más queda por hacer? ¿A quién puedo incentivar? ¿A quién le interesa lo que sé? ¿A quién le hago falta? "No tengo nada que hacer por los demás, no tengo nada más que dar".


La gente te trata como un/a imbécil. Intentan manipularte. Nada de lo que uno ha hecho durante su vida vale, aún con esfuerzos titánicos, pero uno sabe que lo hizo y está orgulloso de ello. Y uno ve los lazos frágiles de las amistades, todas y cada una. Uno siente y se irrita con los malagradecidos, con aquellos que nunca se entregaron como uno lo hizo, con esa sinceridad que no se valora; uno hace esto por tonto que uno es, pero el altruismo siempre es un espacio mágico, y es ahí donde está la isla que salva. En definitiva, uno ve como una película, como un/a va quedando relegado.


Pero la habilidad es notar que no se ha acabado y que se trata de otra práctica más, una muy interesante y que requiere valentía: uno debe irse y debe dar paso a otros; ahí es cuando se prueba la verdadera gentileza. Es una práctica sobre la gentileza y la amabilidad. Uno observa cómo ya no puede hacer cosas que antes hacía con mucha facilidad y todas esas cosas. Aún así, uno gana en sabiduría y en felicidad.


Los jóvenes no quieren esto, no pueden, no deben. Ellos tienen que aprender otras cosas para luego enseñar a los que vienen después de ellos. Para ese entonces uno estará ya totalmente olvidado y con suerte algún sobrino se acordará de que algún día uno hizo algo y se lo contará a sus hijos: "Mi tía era tremenda", jajaja. Y lo mejor es que uno a estas alturas puede decir ¡Basta! cuando no se siente bien con otros ¿Qué más hay que perder ahí?


En todo esto, solo hay algo que uno puede advertir. De las cosas que más intactas quedan es cómo uno escucha la música que le gusta, los recuerdos que rememora y ese disfrute maravilloso. ¿A qué sí? También se nota la libertad de hacer lo que a uno le da la gana con lo que siente. No necesita ser dirigido por nadie, ni guiado, ni intoxicado. Es como si la liberación real llegara cuando ya uno está más cerca de los años últimos. Es interesante. Yo tengo cierta intriga con el final. ¿Cómo será?


 
 
 

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