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  • Fidel Gómez Guell

MIGUEL EL RUSO

Por Fidel Gómez Guell



A simple vista parece uno de esos ancianitos deambulantes que recorre la ciudad en busca de sobras de comida o un lugar donde pasar la noche. Está muy delgado, mide aproximadamente 1.60 y es negro. Sus ropas parecen más bien trapos sucios y en sus ojos se adivina una tristeza innombrable. Me acerco. Cuando cruzamos las primeras palabras noto un acento, pero su dicción es impecable. A medida que habla descubro que es un hombre articulado y posee una cultura notable, la curiosidad me obliga a pedirle una entrevista, él accede con amabilidad.


Nos sentamos al borde del mar, en un maleconcito situado en el barrio residencial más rico de la ciudad. Su imagen humilde y sus maneras suaves contrastan con el ambiente que lo rodea, al fondo se ven los barcos catamaranes de algunos millonarios europeos que fondean en esta parte de la bahía para dar servicio de alquiler a los turistas extranjeros amantes del buceo recreativo.


Miguel se licenció hace muchos años en lenguas persas en la Universidad de Bakú en tiempos de la antigua Unión Soviética. Domina además el ruso fluido y “se entiende bastante bien con el inglés”. Vivió en Rusia durante un buen tiempo y regresó a Cuba desde hace ocho años. Cuando llegó a Cienfuegos se radicó en su casa natal, ubicada en la parte más pobre del consejo popular Centro Histórico. Una vez aquí se encontró con que su hermano, un alcohólico que ha sido convicto en varias ocasiones por robo con violencia se había apoderado de la parte de la casa que a él le correspondía por herencia. Actualmente no trabaja, se nota cansado y su andar es débil. Hace tiempo que tramita con los tribunales el conflicto con su hermano, quien frecuentemente le amenaza con echarlo a la calle, por la parte de la casa que le corresponde, pero esos casos en Cuba tardan años en resolverse.


Recibe del Estado una pequeña ayuda “por la que se siente agradecido”, me dice. Esa ayuda consiste en una ración de almuerzo y comida, provisto a través del Sistema de Ayuda a la Familia (SAF), que le resuelve para mantenerse satisfecho el día entero según sus propias palabras. Sin embargo, Miguel está solo, se le ve triste y se nota que necesita en su vida un poco de compañía. Aunque se siente tranquilo y respetado por sus vecinos aquí, confiesa con resignación que está tratando de sobrevivir.


Durante el día deambula por las calles y busca la cercanía del mar. Suele sentarse solo, durante horas a observar la bahía donde nadaba semidesnudo cuando era un niño. Por su memoria pasan volando imágenes de la infancia, de su juventud en Bakú y de la Plaza Roja, un lugar que lo impresionó en sus visitas a Moscú.


Cuando le pregunto qué puede hacer la sociedad para acompañar mejor a los ancianos solos como él, me dice que le gustaría que hubiera más casas de abuelos, jugar dominó, más paseos

“porque la persona mayor necesita estar en movimiento”, no estar sentado el día entero en las casas de abuelos como suele ocurrir, sino estar activo y socializar, “mucha recreación hace falta”, dice.

También cree que hay que bajar los precios, estimular al trabajador, aumentar la jubilación y dice que es muy importante autorizar la propiedad privada, “todo no puede ser estatal, el estado no puede controlarlo todo”. Confiesa que ha mitigado la crisis de medicamentos y la pandemia con medicina verde y uroterapia.


La historia de Miguel se repite a lo largo del país, muchos ancianos como él reciben una ayuda básica de las instituciones estatales, pero eso es todo. Las demás esferas de sus vidas se reducen a “tratar de sobrevivir”, como en el caso del propio Miguel.


El enfoque puramente asistencialista a partir del cual se diseñan las estrategias nacionales para atender a los adultos mayores no satisface las carencias emocionales y afectivas que tienen los ancianos. La recreación, la socialización y la necesidad de sentirse integrados a una comunidad donde sean útiles y apreciados, son también elementos que, a petición de los propios ancianos, deben satisfacer los programas de cuidados y atención social.


El caso de Miguel y muchos otros similares generalmente no se reflejan en los informes que las instituciones de salud publican, donde se priorizan los aspectos cuantitativos para facilitar la medición de los objetivos trazados por los organismos rectores del Estado. Un cambio de paradigma en el cuidado a los adultos mayores es imprescindible y urgente. Se deben crear nuevas estrategias colegiadas que coloquen en el centro del problema la calidad de vida del anciano, su equilibrio emocional y su sentido de pertenencia a una sociedad que no le ha abandonado a su suerte.


Diseñar estrategias desde las comunidades, una mayor flexibilización de la legislación vigente en función de integrar a los sistemas de cuidado las iniciativas comunitarias y de la sociedad civil, escuchar lo que desean los ancianos y alentar el diálogo intersectorial, son cosas que están en las manos de los decisores y no necesitan de un incremento sustancial del presupuesto asignado para la asistencia.


Vivimos en un tiempo en que las nuevas tecnologías y el acceso a la comunicación horizontal nos permiten democratizar el proceso de toma de decisiones y mejorar ostensiblemente el diseño de políticas públicas. Aferrarse a un modelo verticalista y centralizado de dirección cada día carece más de sentido. Voces como la de Miguel nos alertan sobre esta realidad, sería cuanto menos irresponsable no escucharlas.


#LaVozDeLos60

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